Editorial

El muro de la discordia

19 Marzo, 2017

Estados Unidos y los países de América Latina tuvieron tensas o relajadas relaciones a lo largo de su historia. No se puede concebir el siglo XX, sin rememorar, las rupturas democráticas, las revoluciones de corte nacionalista o socialista, y la posición que a éste respecto tuvo Estados Unidos.

Y en este siglo XXI, ha renacido la vieja noción de un Gobierno estadounidense anclado en ese sombrío pasado, cuando bajo la presidencia de Donald Trump, se prevé la construcción ni más ni menos de un muro en la frontera con México.

No hay razones valederas para semejante estulticia. No solamente por su abismal presupuesto; sino por la espesa bruma que significará para los gobiernos populistas y demagogos de Latinoamérica, que repiten sin cansancio proclamas contra el Imperio. El odio genera odio. Y es que Donald Trump y Nicolás Maduro, parecen dos caras de la misma moneda: el primero un grotesco hombre que hace gala de su atrevimiento insensato, y el segundo, un hombre que practica la codicia en medio de la hambruna de su pueblo.

Es significativo anotar que pese a la verborrea de ambos, existen todavía en el Continente Americano, líderes mucho más republicanos, y por ende, democráticos. Y en el orbe, Angela Merkel, una canciller capaz de sobrellevar la situación de cientos de miles de refugiados, cosa que es digna de todo encomio. Nada menos que una gobernante alemana, que junto con otros líderes de Europa Occidental, luchan en favor del derecho humanitario, de los derechos humanos, y en una convivencia cada vez más acorde con la centuria que nos queda vivir, que esperamos no esté demasiado cargada de sentimientos xenófobos, ultra-derechistas, y belicistas.

El muro, es uno de México y Estados Unidos, o como alguien ya lo dijo, un muro que divide Estados Unidos y América Latina. Trump inicia una era terriblemente marcada por el odio y la exasperación. La asunción del nuevo presidente de Estados Unidos, representa – como algún día me lo dijo un amigo – el resultado del fracaso educativo de una población estadounidense, poco sensible a los problemas reales del mundo actual, y más alejada de valores universales sustanciales: la solidaridad, la fraternidad, y la libertad.

 

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