Opinión

Las vías contra el castrismo

10 junio, 2017

Pedro Corzo

Cubanos de las dos orillas que están a favor de la democracia y del respeto a la dignidad del hombre continúan trabajando intensamente por cambios políticos en la isla

Las propuestas y la acción de un amplio sector del pueblo cubano que se opone al totalitarismo han evolucionado según ha transcurrido el tiempo hacia pautas que establecen como premisa para el cambio de régimen el diálogo y la concertación en las diferencias.

Probablemente ese cambio es consecuencia de los limitados resultados de fórmulas anteriormente utilizadas para acabar con el régimen, además de los nuevos autores que se han sumado al proceso, que tienen concepciones diferentes a las de sus predecesores.

Algunos lo consideran como una especie de toma de conciencia ante la realidad moderna que rechaza la confrontación, aunque no se debe descartar que haya quienes estén motivados por un simple oportunismo de aquellos que buscan acercarse a la dictadura desde la acera opuesta.

El propósito inicial de la oposición cubana fue impedir que el totalitarismo se impusiera en el país. Se recurrió a prácticas políticas y civilistas, aunque simultáneamente un número importante de personalidades de la vertiente revolucionaria consideró que la vía más rápida y eficiente era una nueva confrontación.

El régimen aplastó todo esfuerzo cívico y la violencia quedó como única alternativa. El proceso de lucha fue muy cruento. La dictadura con crueldad extrema redujo los focos de resistencia armada hasta lograr eliminarla como alternativa de cambio.

La oposición, principalmente desde Estados Unidos, intensificó la exportación de la violencia a la isla. Durante décadas la gestión fue intensa, pero el sacrificio de muchos no fue recompensado. En el destierro siempre hubo partidarios de negociar con la dictadura, pero eran mayoritariamente agentes de la tiranía que buscaban dividir y enfrentar a las diferentes agrupaciones que operaban fuera de Cuba.

Avanzados los años, un grupo de personalidades del exilio, aunque consciente de la naturaleza del régimen, empezó a promover un diálogo con la dictadura; favorecía el debate franco y abierto. Tenía al menos dos propósitos: exponer ante el mundo la rigidez del castrismo y la flexibilidad y la independencia de un sector de los exiliados que favorecía la negociación con la tiranía.

Esta propuesta de diálogo que tenía como una de sus metas la conciliación de las diferencias entre las parte en conflicto no prosperó, demostrándose una vez más que la voluntad de una de las partes nunca hace pareja. Cubanos de las dos orillas que están a favor de la democracia y del respeto a la dignidad del hombre continúan trabajando intensamente por cambios políticos en la isla.

La apuesta a favor del derrocamiento del castrismo está en la voluntad de esa mayoría, pero la realidad les pesa, y un sector acepta como solución a la crisis nacional un proceso de negociación, una ruta menos ambiciosa que transite por la aceptación de quienes gobiernan para de alguna manera arribar a la democracia.

Este empeño se manifiesta de diferentes maneras. Hay quienes demandan un plebiscito, otros piden participar en las elecciones nacionales en un plano de igualdad con los candidatos oficialistas, pero la realidad es que cualquier propuesta necesita el reconocimiento y la aceptación de la dinastía insular, con el agregado de la reformulación de las leyes electorales y la aceptación de observadores internacionales.

Otros son partidarios de la confrontación cívica. Se enfrentan al régimen exigiendo el respeto a sus derechos ciudadanos, con la certeza de que su tenacidad quebrará la voluntad de la dictadura. También están los que creen en la ruptura, quienes procuran el derrocamiento sin avenencias porque consideran que la casa de todos hay que limpiarla minuciosamente.

Cualquiera de estas propuestas afrontará grandes limitaciones y numerosas dificultades sólo para ser implementadas. Los desafíos durante ese proceso serán muchos, complejos y requerirán de la ayuda de varios factores, incluido extranjeros.

La opción más apropiada para quienes no se identifican con ninguna de estas propuestas pero tienen la convicción de que el futuro de Cuba debe transitar por la democracia, es presentar sus ideas o exponer sus consideraciones sobre lo negativo de cada una, en particular de la que más adverse.

Los detractores de oficio, en particular aquellos que no se suman a ninguna propuesta o son incapaces de presentar propias son un lastre real para cualquier proceso que busca un cambio político del tipo que sea.

Infobae – Buenos Aires

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