Opinión

Viveza criolla

10 Junio, 2017

Jaime Alejandro Guerra Gutiérrez[*]

Si nos topamos por la calle con un sujeto barbudo y descamisado hablando solo en una lengua muerta, quizá lleguemos a alguna desfavorable conclusión sobre su salud mental. Si nos topamos con dos o más de dos, es probable que los tomemos por miembros de alguna secta, cuyos integrantes se entregan a los votos de pobreza o por extranjeros que, luego de una agitada velada nocturna por los bares de la ciudad, se confundieron de barrio.

Como forasteros perdidos en un lugar ajeno (¿ajeno?), el comportamiento de los otros no carecerá de cierto grado de excentricidad. Naturalmente, en estos casos, nuestro sano juicio no permitirá que atribuyamos tal extrañeza a un cierto grado de locura, siendo nosotros los extraños en esa tierra. Es más probable que terminemos atribuyendo la razón al sin número de circunstancias económicas, culturales o sociales que contribuyeron a la formación  de tal curioso modelo de ser humano (¿modelo de ser humano?) y que dieron lugar, a la vez,  a la manifestación de cierto tipo de normas de comportamiento entre los integrantes de tan curiosa comunidad.

Esta arriesgada conclusión (que existen modelos curiosos de seres humanos y que viven según normas que son producto de su propia experiencia histórica) probablemente nos dirigirá indirectamente a otro tipo de cuestionamientos. Por ejemplo, si existen normas que son el resultado de la experiencia propia de cada pueblo o inclusive (¿por qué no?)  de la experiencia de un grupo reducido de personas, ¿cuál  sería la razón para que los integrantes de esta comunidad o los miembros de este grupo obedezcan normas que no tienen nada que ver con ellos?  Si respondemos que no hay ninguna razón,  habremos contribuido quizá con este tipo razonamiento (¿razonamiento?) a la justificación de una noción de norma como fetiche, como simple instrumento de identificación de los pueblos y por otro lado,   a la justificación de una  institución (¿institución?) tan propia y (muchas veces) tan querida por nuestra curiosa comunidad: la viveza criolla.

Dejando de lado la primera, ocupémonos de la segunda y sus consecuencias con ayuda del siguiente ejemplo. Un día cualquiera, en la ciudad de La Paz, nueve de diez pasajeros en un minibús junto con el conductor del vehículo coincidentemente comparten un interés común: evitar el tráfico vehicular para llegar en menos tiempo de lo esperado a su destino mediante la contravención de una norma  dirigida a todos: respetar la ruta asignada. En este caso, es  altamente improbable que este grupo de sujetos (que mantienen una ventaja al ser la mayoría) respete una norma que durante ese determinado momento no tiene nada que ver con sus propios intereses. Como consecuencia, elaborarán convencionalmente y de manera tácita y espontánea una nueva norma (¿norma?) y evitarán así el tráfico vehicular.

Sin embargo, ¿qué pasa con el pasajero disidente?, ¿y si la mayor parte del transporte público decide despejar la ruta congestionada y a consecuencia de esto congestionar la ruta “despejada”?, ¿y qué pasa con los efectos a primera vista imprevisibles de tal decisión como el propio empeoramiento del tráfico vehicular mediante una medida que buscaba, en principio, evitarlo? Y peor aún: si el curioso intento de ganar ventaja sobre los demás se aplica de manera recurrente a la totalidad o casi totalidad de los espacios de convivencia humana como el trabajo, el comercio, la impartición de justicia, etc., ¿cuál sería el resultado esperado?  En resumen: el caos.

En tal caso, en nuestra sociedad estaría sucediendo algo muy distinto a lo que se refería Michel Foucault en su análisis sobre los mecanismos de represión en la modernidad. Para Foucault, instituciones como la cárcel o, por ejemplo, los centros de rehabilitación correspondían a la última medida a considerar para lograr la normalización de aquellos sujetos que habían  sido incapaces de internalizar la norma durante su tránsito por otros espacios de represión como la familia, el trabajo, las instituciones educativas, etc.  En nuestro caso, la inaplicación de la norma,  su  repetitiva contravención en función a los intereses de cada cual y según el lugar que cada cual ocupa en determinado momento, encontraría su manifestación anecdótica en casos semejantes al ejemplo dado (una pequeña ventaja para sobrevivir al desorden vehicular, otra ventaja para sobrevivir a la burocracia). Sin embargo, tomará proporciones dramáticas de ser aplicada dentro del sistema de justicia, en la política y dentro  del mundo laboral. De ser así, no tendría que sorprendernos el porqué, últimamente, hemos sido distinguidos como subcampeones en corrupción.

 

[*] Politólogo

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