Cultura

Los escritores y sus razones

11 junio, 2017

José Ovejero y Edurne Portela presentan Vida y ficción, un documental en defensa de la literatura donde 16 escritores hablan de sus razones para escribir

ANDRÉS SEOANE | 09/06/2017

¿Por qué seguimos escribiendo? Esta es la pregunta que en determinado momento se hicieron los escritores José Ovejero y Edurne Portela. Ambos consideran que en la sociedad actual la literatura tiene cada vez menos peso, que apenas existe un apoyo institucional y que cada vez las dificultades que sufren los escritores a la hora de publicar son mayores. Pero sigue habiendo un montón de escritores que se enfrentan a todas estas vicisitudes para sacar a la palestra sus libros. ¿Por qué lo hacen? El propio Ovejero reconoce que él ya no concibe la vida sin la escritura. ¿Pero y el resto? A esta pregunta solo pueden responder los propios implicados, y eso es lo que hacen hasta 16 escritores relacionados con España en el documental Vida y ficción, un canto en defensa de la literatura donde los propios narradores hablan de sus razones para escribir. “En las entrevistas nunca somos nosotros mismos, por eso la idea del documental es recoger conversaciones donde los escritores expresen en un entorno íntimo qué piensan y sienten sobre la literatura”, explica Ovejero, director del proyecto.

Una forma de estar en el mundo o de escapar de él, un desahogo de lo que no se puede contar, una manera de comprender la muerte o recuperar la infancia, de plasmar nítidamente los pensamientos, hacer valer la identidad, expresar un desvalimiento o un desengaño; puede ser subversiva e insurrecta o traer hasta nosotros el pasado y generar memoria. Todo esto es y para todo esto sirve la literatura en la voz de sus protagonistas. “La idea era, una vez empapados en profundidad de su obra, extraer su tema clave a nivel literario, y a partir de ahí profundizar en su visión de la literatura”, detalla el escritor. “Al bucear en los intereses y obsesiones de cada uno de ellos, va emergiendo un intento de respuesta a preguntas nada intrascendentes”.

La voz en off de Ovejero va hilando una a una todas las historias y visiones de los autores que van repasando sucesivamente todos los grandes temas universales de la literatura. Para Fernando Royuela, escribir es una forma “de reinterpretar la realidad, de conocerte, de construirte y transfigurarte, porque la ficción es realidad y la realidad es ficción“. Por su parte Luisgé Martín habla desde su cama, en un guiño a su novela El amor del revés, de la escritura de lo íntimo de la necesidad del escritor de desprenderse del pudor y de exponerse. De lo íntimo, pero en este caso del cuerpo, se ocupa Marta Sanz, cuyo corpus literario explora el cuerpo femenino desde todos los ángulos posibles, desde la enfermedad a la objetualización.

Rosa Montero se retrotrae a la infancia al afirmar que “todos los que somos escritores tenemos en común que hemos perdido de forma violenta el mundo de la infancia, lo que nos da una conciencia más aguda de la muerte. Pero, mientras escribes, la muerte no existe“, asegura. Que somos un producto de la infancia opina también Cristina Fernández Cubas, que asegura que “la infancia es muy rica literariamente”. A esa corriente se apunta Ana Merino, que considera que “la educación es una de las ramas fundamentales de la literatura. Al escribir sigo buscando esa sensación de mi infancia, es como si estuviera con mis juguetes”.

Manuel Vilas asegura que publicar El hundimiento cambió radicalmente su yo creador presente en libros como El Gran Vilas, debido a pérdidas y fracasos de la vida, “aunque sigo escribiendo con la idea de hacer valer mi propio yo”, puntualiza. “Siempre he pensado que soy un escritor social, con una actitud bastante barroca, pues escribo desde el desengaño”, dice Antonio Orejudo, que opina que su humor, aunque “amargo y ácido”, es sospechoso en España, pues aquí “pensamos de la literatura lo que pensaba mi madre del hígado, que puede ser nutritiva pero que tiene que doler un poco”. Que la literatura puede cambiar la realidad es la visión de Rafael Reig, para quien “escribir es un acto rebelde e insurrecto, y hay que posicionarse en todo momento. Yo impugno el poder, el canon y la corriente principal, y creo mucho en leer y escribir en defensa propia”, defiende el autor de Señales de humo.

En cambio, Sergio del Molino no se considera político. “Los debates literarios no tienen porque provocar cambios en la forma en la que vivimos, pero sí en cómo sentimos. Hay un cambio de sensibilidad literario, hay más empeño en entender que en dogmatizar”, valora. Por su parte, Aixa de la Cruz se considera de la última generación que vivió la literatura como algo de prestigio. “Mi relación conmigo misma todavía es literaria, si hubiera nacido diez años después ya sería a través de series y quizá en lugar de escritora fuera guionista”. En el marco del espacio y del tiempo se sitúa la valoración de Juan Carlos Méndez Guédez, a quien atrae esta posibilidad que ofrece la ficción de mezclar y congregar diferentes lugares y épocas. “La literatura nos da un mapa donde los lugares son lo que son y lo que hacemos de ellos. Yo escribo para que los lugares no nos olviden“. En esa vía profundiza Andrés Neuman, que lanza el concepto de pliegue, “que se da cuando un espacio se encuentra con su tiempo”. Para el argentino la ficción es “un atajo entre el pasado y el presente, donde el yo es siempre un nosotros, porque la misma ficción nos recuerda que la memoria es un trabajo de equipo”.

Sobre la memoria y el pasado ahonda Juan Gabriel Vásquez, que escribe “para preguntarme y comprender la manera en que nuestras violencias pasadas se van transmitiendo de generación en generación”, porque a su entender “la literatura es el lugar donde protegemos la memoria colectiva”. Para terminar, Sara Mesa e Hipólito Navarro disertan en común sobre los personajes, que para la autora “me ayudan a comprender cosas de mí misma”, aunque dice no entender la tendencia a asociarlos con el autor, “simplemente los arrojo y los observo”. A Navarro, muchas veces le interesa menos el personaje que el propio artefacto narrativo, “aunque algunas veces me rozaron tanto que llegué a temer ser ellos. No te puedes escapar de ti como personaje”, concluye.

Todos estos autores constituyen para Ovejero un grupo que fue muy difícil de escoger, “con pensar dos minutos teníamos ya treinta nombres sobre la mesa”, y que “no pretende ser un panorama de la literatura contemporánea, pero sí una buena muestra, amplia y plural”. Tras el visionado del documental, algunos de los escritores presentes compartieron su interés por conocer, y en su mayor parte coincidir, con las visiones de sus colegas, y la mayoría también se mostró de acuerdo con el cierto pesimismo de José Ovejero, que añadió que “esta pérdida de relevancia social de la literatura también se da en el caso del escritor, que ya no tiene ese papel de intelectual social, y en los medios, donde cada vez el papel de la literatura y de la cultura en general es mucho menor”. La nota discordante partió de Rosa Montero, que puso un tono optimista al augurar que el problema actual se resume en “una crisis del modelo productivo, un bache de la adaptación digital que pasará, pues la narrativa nunca desaparecerá ya que los seres humanos somos narraciones“.

 

El Cultural

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