Opinión

La cuestión de avanzar

15 Junio, 2017

“Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso…”
Walter Benjamin

La marcha del mundo es una dinámica feroz; la lectura que haga de los avances y cómo se adapte a ellos, son los primeros desafíos del humano. Así como los hombres, las sociedades se diferencian entre sí por elementos que facilitan o dificultan los adelantos, su receptividad al cambio o su obstinado anclaje a lo antiguo.

Para proseguir, quisiera eliminar dos tentaciones: la primera -evidente pero no sobrante- es aquella idea de que el progreso se expresa únicamente en cuestiones de infraestructura o adelantos tecnológicos. La segunda —directamente relacionada— es que, para furia de los recolectores y acumuladores, no considero posible medir el progreso en indicadores, tablas o fórmulas. Mi escepticismo se extiende por supuesto a la altanería académica y la labor de organismos internacionales. Esto, por supuesto, no proclama la inutilidad entera de las labores mencionadas, sino más bien la facilidad con la que pueden manipularse o acomodarse los resultados.

En cualquier caso, la reflexión que sí es constante tiene que ver con una expresión más temporal que de cualquier otra clase. Sí la decadencia —como señala Ortega y Gasset— necesariamente implica una comparación con el pretérito, el progreso también requiere de ese ejercicio. Al asumir la condición de mortales, por el paso del tiempo o por las vicisitudes que pueden poner fin súbito a la existencia, el progreso se vuelve una carrera. Si el tiempo en el mundo condiciona qué tanto un humano puede desarrollar capacidades y potenciales, se hace necesario que la velocidad sea la mayor posible, al menos como pretensión.

 Lo que ocurre es que precisamente esta lógica de avance no es un proceso romántico y lineal. Aunque la contemporaneidad ofrece muestras en varios sentidos mejores que los siglos pasados, ese camino está marcado por errores, atrocidades y hasta ruinas de aquello que el mismo hombre ha tenido que dinamitar. Despojarse de taras y hasta costumbres que se consideraban inalterables es un requisito que no admite cortes de sentimentalismo. Oficios desaparecen, edificios caen, tradiciones se renuevan, lo propio se mezcla con lo ajeno; y de esta forma surge lo nuevo, un lento alumbramiento, cuyo fruto a veces no es percibido sino por las generaciones venideras.

En estos cambios el barniz de lo civilizado no es siempre una constante; invasiones, guerras, intereses, revoluciones sangrientas y otras muestras más son una realidad que no puede negarse. En la novela La rebelión de Atlas, novela de Ayn Rand, el progreso está asociado a la figura del tren. Ya sea por casualidad o por voluntad de la polémica y valiente autora, la metáfora es válida. El tren no retrocede, cerca de sus vía se crean ciudades, se desafía aquello que antes era nada, a fin de crear.

 Esta idea de desarrollo no se da de modo espontáneo e inevitable; mentalidades y esfuerzos constantes, acompañados de la crítica, son fundamentales. De lo contrario, puede originarse un estancamiento estatuario o hasta un retroceso, patrocinados por el conservadurismo o el pensamiento falaz de que todo tiempo pasado fue mejor. Apunte extra para ciertos enemigos de la modernidad, que ven en pasados remotos, ancestrales, precolombinos y hasta barbáricos, modelos de vida ideales y perfectos; una muestra de fanatismo peligroso que pinta al progreso como un demonio culpable de todos las pestes e infamias de los últimos siglos.

En tiempos en que la población mundial crece y sus necesidades con ella, pensar en progreso parece estar en conflicto con la conservación y la sostenibilidad, sobre todo en temas ambientales. Y aunque por supuesto no podríamos imaginar un modelo de vida que no contemple necesarios cuidados responsables, también es ridículo generar una suerte de idolatría intransigente hacia el medio ambiente. El desafío precisamente es ese: buscar lo más cercano a la prosperidad de la civilización sin caer en delirios.

A la luz de estas reflexiones, se ve que el progreso no es algo sencillo; las personas y naciones que lo logran de mejor manera luchan constantemente contra el estancamiento, los fanáticos, el tiempo y contra el enemigo más duro: su propia versión pasada. En ocasiones, abandonarse, renovarse y morir para nacer en forma de una nueva verdad más acorde a las circunstancias, necesidades y deseos, es un paso que genera dolor, un sacrificio indispensable para ubicarse en el futuro.

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