Opinión

Milán, el Renacimiento y el despotismo ilustrado

23 junio, 2017

Los Duques de Milán, cuyo gobierno desde el tiempo de Giangaleazzo en adelante era una monarquía absoluta de la manera más descarada, nos muestra el genuino carácter de la Italia del Renacimiento. El último Visconti, Filippo Maria, es un personaje de peculiar interés, del que afortunadamente sobrevive una admirable descripción. Qué habilidades poco comunes y una alta posición puede un hombre labrarse, además de una precisión matemática para tales artes, con la pasión del miedo. Todos los recursos del Estado eran usados con devota gracia hacia ese precepto; el de procurar su seguridad personal. A pesar de su facilidad en ese cruel egoísmo, felizmente no degeneró en una sed de sangre.

Él vivía en la Ciudadela de Milán, rodeado de magníficos jardines, árboles y flores. Por años no puso un pie en la ciudad misma, haciendo sus excursiones sólo al campo donde se alzaban varios de sus espléndidos castillos. Mediante una flotilla tirada por los mejores corceles era conducido a lo largo de los canales que habían sido diseñados con ese propósito. Era todo de tal manera planeado que cualquiera que entrará en la Ciudadela era observado por cien ojos e incluso mostrarse en las ventanas estaba prohibido. Todo aquel que era admitido en el círculo del príncipe era sujeto a los exámenes más estrictos y, una vez aceptado, se le encargaba desde las comisiones diplomáticas más altas hasta los servicios personales más humildes, ambos siendo igual de honorables. Así era el hombre que dirigía largas y difíciles guerras, que negociaba habitualmente asuntos políticos de primer orden y mandaba cada día a sus plenipotenciarios a todos los rincones de Italia. Su seguridad residía en el hecho que ninguno de sus sirvientes confiaba en ningún otro, que sus Condottieri eran observados y falsamente guiados por espías, que sus embajadores eran engañados continuamente y sus altos oficiales eran separados con envidias prefabricadas.

Y el mismo hombre que no sufría por la muerte, pues esa palabra estaba prohibida en su corte y que hacía retirar del castillo a sus favoritos enfermos, pues su felicidad no podía tener sombras, sucumbió a una pequeña herida que no quiso fuera tratada por miedo y así murió.

Su hijastro y sucesor, el afortunado Francesco Sforza, fue quizás de todos los italianos de la siglo XV el que mejor reflejó el espíritu de la época. Nunca fue el triunfo del genio personal ni el poder individual más brillantemente demostrado que en su persona; y aquellos que no reconocieron sus méritos, por lo menos no pudieron dejar de admirar como el destino y la fortuna hicieron de él su hijo predilecto. Los ciudadanos de Milán aclamaban abiertamente que era un honor el ser gobernados por tan gran maestro e incluso una vez cuando entró en la ciudad el pueblo entero lo condujo a la catedral sin darle la oportunidad de desmontar. Escuchemos el balance de su vida en la estimación que de él hizo un gran juez del carácter humano, el Papa Pío II: “cuando el Duque entró al Congreso de Mantua tenía 60 años, lucía como un joven de suave e imponente figura, de facciones serias pero calmado y afable en la conversación, príncipe en todo su ser. Con una combinación corporal e intelectual sin rival en nuestro tiempo, nunca derrotado en batalla. Así era el hombre que se hizo a si mismo desde una posición humilde hasta controlar un imperio. Su esposa era bella y virtuosa, sus hijos como ángeles del cielo y él lleno de gloria con todos sus deseos logrados.” Y sin embargo su vida no estuvo exenta de problemas y traiciones.

Su esposa, llena de celos mató a su amante. Su viejos amigos y camaradas lo traicionaron por el rey de Nápoles, otro gran amigo tuvo que ser ahorcado por traición. Tuvo que sufrir la traición de su hermano que lo vendió a los franceses. Uno de sus hijos, ángeles en apariencia, hizo un complot para asesinarlo. Ancona, que fue ganada mediante guerra, fue perdida por otra traición. Nadie tiene ganada a la fortuna sin tener que luchar con la adversidad en otra parte.

“Es feliz aquel que tiene pocos problemas.” Con esta definición negativa de la felicidad el estudiado Papa advierte a los lectores. Y si hubiera podido ver el futuro, o detenerse a discutir las consecuencias de un despotismo descontrolado, un hecho rotundo no hubiera escapado su visión: la ausencia de toda garantía para el futuro. Esos hijos, hermosos como ángeles, cuidadosamente educados como eran cayeron víctimas de la corrupción y del egoísmo de la vanagloria. Galeazzo Maria, amante de lo superficial únicamente, tomó especial afecto por la hermosura de sus propias manos, se enorgullecia de los altos sueldos que dispendiaba, de los creditos bancarios, en su tesoro de dos millones de piezas de oro, se jactaba de la gente ilustre que lo rodeaba, en el ejército de aves de presa que mantenía. Gustaba del sonido de su propia voz, que era, tal vez, más fluida cuando tenía la oportunidad de insultar a algún embajador veneciano. Era sujeto de los caprichos que lo convirtieron en cruel e intolerable. Para muchos era un tirano egoísta y duro de sufrir así que lo mataron y entregaron el poder a un sobrino, Ludovico il Moro.

El más perfecto de los déspotas y casi sin notarlo, con la profunda inmoralidad de los medios que usó, nadie estaba más sorprendido que él de saber que, de las elecciones de los medios y los fines, el ser humano y sólo el, es responsable de todos sus actos. Y como virtud singular se abstuvo del castigo de la muerte, dentro de lo posible. Fue aceptado, como ninguno en Italia por su genio político: el Papa Alejandro era su capellán, el emperador Maximiliano su Condottiero, Venecia su secretario y el rey de Francia su mensajero, que iba y venía a su voluntad.

Con una maravillosa mente sopesó el mundo hasta el último extremo. Hasta el final decidió confiar en la bondad de la naturaleza humana, rechazando así la propuesta de su hermano, el cardenal Ascanio, que quería quedarse en Milán: “monseñor, no lo toméis a mal, pero no confío en ti, aunque seas mi hermano.” En su corte, la más brillante de Europa, desde que la de Borgoña había dejado ya de existir, la inmoralidad prevalecía: la hija fue vendida por el padre,la esposa por esposo y la hermana por el hermano.

El príncipe estaba incesantemente activo y gustaba de relacionarse con todo aquel, como él, que sobresaliera por sus méritos propios, con eruditos, poetas y artistas. La Academia que él fundó servía más a sus propios deseos que a la instrucción. No fue creada con el propósito de rodearse de las mejores mentes, sino el servirse de ellas. Es cierto que Bramante fue remunerado con poco al principio y Leonardo, en cambio, cuantiosamente. Pero todos tenían el libre albedrío de irse o quedarse. El mundo permanecía abierto, como tal vez nunca lo estuvo a otros hombres en su día y fue el afable respeto de Ludovico Moro el que permitió que la estadía se prolongará, el carisma del príncipe en su corte. Que luego Leonardo entrará en el servicio de Cæsar Borgia y Francisco I, se debe probablemente al interés que sintió por el inusual y enigmático carácter de ambos hombres.

Luego llegó la caída del Moro, capturado un día de abril del año 1500, sus hijos dificultosamente intentaron emular al padre. Pero mostraron nula capacidad para cumplir la voluntad política del padre. El mayor, Massimiliano, no se le parecía en nada y el más joven, Francesco, demostró en todos los eventos una carecía de su sutil espíritu.

Así Milan, caída en desventura, en aquellos años cambiaba de amo rápidamente y sufría incontables muertes en las transiciones. En aquellos tiempos la infeliz ciudad, como lo fue Nápoles con la huida de los aragoneses, fue presa fácil de bandas, algunas muy aristocráticas, de maleantes sin aprecio al arte, sin visión ni intención de grandeza.

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