Opinión

Roa Bastos, un autor del desarraigo

23 Junio, 2017

De acuerdo con André Gide, tal como lo recuerda Juan José Sebreli, el arraigo es una condición que perjudica nuestro desarrollo. Según ese gran poeta, así como varios trasplantes pueden beneficiar a un álamo, por ejemplo, las mismas probabilidades de mejora se darían en el hombre. Por supuesto, no es una idea que fascine a quienes encuentran en el medio donde nacen los móviles fundamentales de su existencia. No sostengo que las circunstancias geográficas sean irrelevantes; al contrario, en ocasiones, sin su presencia, más de un descubrimiento tan reflexivo cuanto útil para la vida habría permanecido oculto. El problema se presenta cuando, impulsados por prejuicios, nos rehusamos a creer que otros escenarios puedan ofrecernos iguales o mejores bondades.

La fiereza de las luchas políticas ha causado innumerables desarraigos. La cesación de vínculos familiares y amistades es un impacto que no puede considerarse menor. Esto lo sufre todo individuo, incluyendo al que tiene por oficio la literatura. En efecto, siendo las ideas peligrosas para aquellos que conciben el poder como derecho al abuso, los escritores nunca fueron apreciados genuinamente en esos contextos. Por esta razón, hay una lista interminable de intelectuales que se vieron impelidos a emigrar, enfrentando diversos retos e incertidumbres. No obstante, algunos de ellos confirmaron su vocación merced a ese dramático traslado, siendo enriquecidos con vivencias y relaciones sin las cuales su obra es inexplicable.

El magistral Augusto Roa Bastos pasó más de la mitad de su vida en el extranjero. Nació hace casi un siglo en Paraguay, el 13 de junio del año 1917, y murió en 2005; empero, estuvo fuera del territorio guaraní durante mucho tiempo. Las primeras salidas no fueron violentas. Como periodista, visitó Europa, llegando a entrevistar al general De Gaulle, allende otras experiencias que se asocian con las letras. El forzoso abandono se dio en 1947, siendo constreñido a buscar otros destinos. Desde entonces hasta 1976, residió en Argentina. En ese país, fácilmente cautivador para quienes gustan de la cultura, su autoridad como narrador ganó firmeza. Publicó allí El trueno entre las hojas (1953), su primer libro de relatos. Era su paso de la poesía al terreno narrativo, tránsito que sería celebrado con justicia. El encumbramiento vendría luego, triunfando en un concurso de novela con Hijo de hombre (1960). Vería asimismo el lanzamiento en suelo foráneo Yo el Supremo (1974), creación que demuestra todo su talento.

Roa Bastos aprovechó su estadía en el extranjero y, gracias a ello, la literatura lo reconoció como uno de los notables hombres que optan por ejercerla. Tuvo cuantiosas amistades, gente que, más allá de las vicisitudes nacionales, coincidía con él en valores, principios y gustos. Sin embargo, esto no significa que Paraguay hubiese desaparecido de sus intereses. Es un autor que escribe en español, pero también usa el guaraní. Se preocupó igualmente del destino político de sus conciudadanos, suscribiendo cartas públicas, desafiando vetos del dictador Stroessner, quien hasta lo dejó sin pasaporte. No podía ser de otra manera. Por más que hubiese vivido en Francia desde 1976 hasta 1996, sintió el impulso de retornar a su país. Lo hizo para contribuir a la cultura. Fue una lucha noble, distinta de la Guerra del Chaco, en donde participó cuando era aún adolescente. Así, al final, ofreció a sus compatriotas lo mejor que pudo darle cada uno de los arraigos impuestos por la incivilidad.

El autor es escritor, filósofo y abogado

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