Opinión

Identidad individual y colectiva

24 Junio, 2017

De acuerdo a una de tantas nociones deterministas, el escenario de desplazamiento del hombre está limitado por su cultura y por el principal producto de ésta: la lengua que traza el margen de una rígida visión del mundo con sus derivaciones fósiles: los modos y estilos de vida que se “actualizan” con el tiempo para asegurarnos una identidad. Así, sólo  hace falta que un hombre escuche la historia de siempre para sentirse, una vez más, en el origen y disfrutar de aquella falsa protección que proviene de la sensación de no correr  peligro por encontrarse en el sitio de siempre, del que no ha sido necesario salir nunca.  Esta renovación permanente del pasado es,  sin embargo, una necesidad humana que no deja de tener sentido en la vida del individuo para comprender los innumerables sinsentidos, pero cuya aplicación en la colectividad corre el riesgo de derivar en consecuencias desastrosas. Una  es, por tanto, la labor del hombre que realiza un proyecto individual basado en sus experiencias pasadas, experiencias que se proyectarán en su porvenir; y otra muy distinta es la labor de una colectividad fosilizada en el tiempo, ajena a los movimientos del mundo, petrificada en la veneración de sus  mitos y héroes.

El individuo también puede naturalmente (y lo hace regularmente) disfrutar de la diversa gama de bienes culturales que le ofrece su país, puede sentirse partícipe de su historia. Sin embargo, la identidad nacional no es equivalente a la individual. Es una más de sus manifestaciones. De otro modo, ¿cuántos sujetos podrían, hoy en día, jactarse de ser simplemente y excesivamente bolivianos? o ¿únicamente miembros representativos de tal o cual minoría o mayoría sexual? o ¿músicos de una banda que sólo se presenta en el extremo sur del país?  o ¿amantes incomprendidos de tal estilo de vida alternativo, de tal videojuego o de tal marca de zapatos? Como individuos, somos, posiblemente, una extraña combinación del conjunto de identidades que asumimos según la naturaleza de nuestra experiencia personal.  Y así es como el aprecio o desprecio hacia nuestro lugar de origen no es el simple fruto del amor espontáneo hacia él como algo naturalmente bueno o malo,  sino el resultado de la acumulación de experiencias gratas o ingratas que nos llevan a dirigir una mirada hacia nuestra comunidad en tal o cual sentido. El Buenos Aires de Borges no es otro que el Buenos Aires de su juventud como la Habana de Cabrera Infante no es otra ciudad, sino aquella nacida, directamente, de su literatura.

Infortunadamente, la identidad nacional, promovida actualmente, carece de esos matices de la identidad individual. Es una asimilación unidimensional, con fines políticos, del sentimiento colectivo.  Desconoce la labor particular del individuo, que se apropia de la identidad nacional y la reconcilia con las demás; maneja una noción cerrada de cultura, como algo ajeno al cambio y reduce la función del idioma a la de instrumento de transmisión, entre generaciones, de la tradición y las costumbres; olvida el desarrollo de otros ámbitos del quehacer humano como el conocimiento científico y el arte desvinculado del folclore y así  desconoce la otra función más pragmática de la lengua, su capacidad para aprehender, con diversos fines, la dinámica del mundo.

Si el Estado ha dejado, en algún momento, de concentrarse en  temas tan subjetivos, si se ha visto la necesidad, por ejemplo, de separar al Estado de cierto tipo de identidad religiosa,  ¿cabría la posibilidad (por irreal que ésta parezca) de exigir al gobierno dejar de promocionar, en uno u otro sentido, la identidad nacional?, ¿cabría la posibilidad (por irreal que ésta parezca,  dada la cantidad de sectores que se adhieren a esta obsesión gubernamental) de exigir al gobierno, en su calidad de administrador,  concentrarse en mejorar las condiciones de vida, para que así, mejorada la experiencia, cada hombre y mujer se haga cargo de   manejar libremente y dentro de su comunidad sus propias identificaciones?, o ¿es remotamente posible que la obsesiva tarea de exaltar la identidad nacional esté estrechamente vinculada con la incapacidad gubernamental de resolver problemas más serios? Esperemos, sinceramente, que ese no sea el caso.

El autor es politólogo

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