Opinión

Luchar sí, pero hay que tener claro contra y por qué

28 Junio, 2017

En los últimos años se ha notado un incremento del sentido común feminista y por ende, una reacción violenta de quienes ven sus privilegios tambalear. Sin embargo, la simplificación de esta lucha ha llevado a una victoria reactiva del patriarcado, al demonizar la “irracionalidad” de la misma. En ese sentido, una frase que siempre retumba a la defensiva, es la de “no todos los hombres son iguales” (#NotAllMen). Quizás, lo que más molesta de esta frase, es la reducción de un sistema asesino  a actos aislados de violencia.

Creo que esa frase, más allá de la obviedad que expresa, es una clara representación de la minimización de un sistema sumamente complejo, asesino y “justificado” de la violencia contra la mujer, cuya única cara parece ser el violador, femicida o violento (físico). Y no es que ellos no sean una expresión del patriarcado, sino que son solamente una parte de él. Un sistema de privilegios tan complejo no puede ser reducido a la “aniquilación” del macho, a la castración de violadores o a la pena de muerte.

Para poder entender las dimensiones del monstruo llamado patriarcado, se debe entender que no se trata de una opresión individual, de individuo a individuo necesariamente; sino que responde a una estructura compleja sobre un grupo en específico por el simple hecho de compartir una característica que en este caso es el sexo- “ser mujer”. Por tanto, cuando hablamos de violencia machista, no podemos simplificarlo a la eliminación del “macho violento” y asumir que con eso el patriarcado ha sido destruido. Ese, es uno de los principales motivos por lo cual decir que las feministas “odian” o quieren “destruir” a los hombres, es totalmente irracional y una muestra clara del poco conocimiento de lo que implica un sistema de opresión.

La respuesta a esa frase mencionada al comienzo, fue sublime “No todos los hombres, sí… pero sí todas las mujeres”; como una explicación simple y clara de que la opresión no distingue a la víctima más allá de lo anteriormente mencionado, aunque sí agudiza su impacto entre que las otras categorías se entrecruzan (etnia, clase, etc.).

Debe entenderse que no todos los hombres son opresores y que no es el individuo el que oprime, sino que es el sistema que obliga a que esa sea la situación.

Quizás parezca una obviedad aclarar esto de manera tan enfática, pero si algo se ha notado en el movimiento feminista en Bolivia, es la falta de norte respecto a la lucha, porque claro: si no sabes contra qué luchas, te puedes poner del lado del opresor sin darte cuenta.

Frases como “el hombre es el enemigo” desvirtúan la desestructuración total que es necesaria para llevar a cabo una “destrucción” del patriarcado. Y aunque efectivas, porque ahí tienes una cara, nombre y dirección hacia la cuál dirigir la indignación; han demostrado no ser eficientes porque olvidan que hay muchas otras categorías que deconstruir en las cuales las mismas mujeres oprimen a otras mujeres basadas en racismo o clasismo.

Y esas son las trampas del liberalismo, ponerle caras individuales a un mal que nos aqueja como colectivo; y difuminar los límites de los opresores,  para que oprimidoas se alíen con elloas.

Entonces, luchar sí- pero antes tener claro contra qué.

1 comentario

  1. Óscar Calle dice:

    Muy buen análisis; necesidad de fundamentar con ideología un movimiento para que no caiga en sólo reinvindicatorio circunstancial. Ese fue el gran error de muchos movimientos; sustentarlos en pedidos circunstanciales, como hasta ahora se lo está haciendo; si castigamos a los violentos se soluciona el problema del patriarcado? No, definitivamente no, porque es una ideología construida por muchos siglos.

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