Opinión

La serenísima República de Venecia

30 junio, 2017

Venecia se reconoció como una creación extraña y misteriosa, los frutos del ingenio humano. La solemne fundación de la ciudad, el 25 de marzo de 413, a mediodía, se dio cuando los emigrantes de Padua colocaron la primera piedra en el Rialto, para que pudieran tener un asilo sagrado e inviolable en medio de las devastaciones de los bárbaros. El sacerdote en el acto de consagración clamó al cielo: “¡Cuando en lo sucesivo intentemos grandes cosas, concédenos la prosperidad! Ahora nos arrodillamos ante un pobre altar; pero si nuestros votos no se hacen en vano, cien templos, ¡Oh Dios!, de oro y mármol se levantarán a ti.” Y así, la ciudad de la isla que tuvo tan humilde creación, a finales del siglo XV fue la joya del mundo. Sus torres inclinadas, sus fachadas incrustadas de mármol. Ese esplendor comprimido, donde cada rincón de espacio tenía la decoración más solemne, serena.

Ahí está la concurrida Piazza, donde se realizaban los negocios del mundo. No en medio de gritos y confusiones, sino con el zumbido moderado de muchas voces; donde en los pórticos alrededor de la plaza y en las de las calles adyacentes se sentaban centenares de cambistas y orfebres. Más allá del puente estaba el gran almacén, donde las naves descansaban lado a lado en el canal, toda una flota cargada de vino y aceite, sedas y tesoros, todo innumerable.

La riqueza y el contacto con otros países han madurado a estos hombres, con pasos fuertes y discretos, con el discurso comedido, diferenciado, disfrazado y cauteloso. En aquel tiempo la prosperidad general, a pesar de las pérdidas sufridas por los turcos, seguía deslumbrante. Las reservas de energía que la ciudad poseía y el comercio a su favor difundido por toda Europa le permitió mucho más tarde sobrevivir a los fuertes golpes causados ​​por el descubrimiento de la ruta marítima a las Indias, por la caída de los mamelucos en Egipto y por la guerra de la Liga de Cambrai.

Podría pensarse que la actividad comercial de la ciudad, que ponía al alcance de los más humildes una rica recompensa por su trabajo, los había desviado de los asuntos políticos de toda la Italia y con ella la de Europa. La causa de la estabilidad de Venecia radica más bien en una combinación de circunstancias que no se encontraron en ninguna otra parte. Incontestable desde su posición, desde el principio pudo tratar los asuntos de las relaciones exteriores con la más completa y calmada reflexión, e ignorar casi en su totalidad a los partidos que dividían al resto de Italia. Escapando así del enredo de las alianzas permanentes y fijando el más alto precio en lo que consideró conveniente hacer. La nota principal del carácter veneciano fue, por consiguiente, un espíritu de aislamiento orgulloso y despectivo que, unido al odio que sentía la ciudad por los otros estados de Italia, dio lugar a un fuerte sentido de solidaridad interior.

Un poder cuyos cimientos eran tan complicados, cuya actividad e intereses eran tan amplios, no puede imaginarse sin una supervisión sistemática, sin una estimación regular de sus medios y sus límites, de los beneficios y las pérdidas. El Concilio de los Diez, que tenía ley sobre todo, disponía sin apelación sobre la vida y muerte de los súbditos, se encargaba de los asuntos financieros y los nombramientos militares. Este Consejo era elegido anualmente de todos los ciudadanos y, en consecuencia, fue la expresión más directa de su voluntad. No es probable que se produjeran intrigas graves en estas elecciones, ya que la corta duración del cargo y la rendición de cuentas no lo hacían objeto de gran deseo. Ningún otro Estado ha ejercido una mayor influencia sobre sus súbditos que esta la serenisima República de Venecia.

Este Gobierno, que tenía el clero completamente bajo su control, que se reservaba el nombramiento de todos los cargos eclesiásticos importantes y que, una vez tras otra, se atrevía a desafiar a la corte de Roma, mostraba una gran piedad muy singular. Los cuerpos de santos y otras reliquias importadas de Grecia después de la conquista turca fueron comprados con los mayores sacrificios y recibidos en solemne procesión. El propio Estado, después de haber absorbido a la Iglesia hasta un punto desconocido en cualquier otro lugar de su tiempo, tenía en verdad cierto elemento eclesiástico en su composición, y el Dogo (Dux), símbolo y cabeza del Estado, aparecía en doce grandes procesiones. Con un carácter medio-clerical, casi todas las fiestas eran en memoria de acontecimientos políticos y compitieron en esplendor con las grandes fiestas de la Iglesia; la más brillante de todas, el famoso matrimonio con el mar, caía el día de la Ascensión.

Estas medidas no fueron el fruto de ninguna excitación popular, sino de las tranquilas resoluciones de los jefes del Gobierno.

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