Opinión

Florencia, cuna del patriotismo

7 Julio, 2017

Las más variadas formas de desarrollo humano y el pensamiento político más elevado se encuentran unidos en la historia de Florencia, que en este sentido merece el nombre de primer estado moderno del mundo. Aquí todos los ciudadanos están ocupados con lo que en las ciudades despóticas es el asunto de una sola familia. Ese maravilloso espíritu florentino, a la vez agudamente crítico y artísticamente creativo, estaba transformando incesantemente la condición social y política del Estado.

Florencia se convirtió así en el hogar de doctrinas y teorías políticas, de experimentos y cambios repentinos, pero también el hogar de la ciencia estadística y, sobre todos los otros estados del mundo, el hogar del arte, de la literatura, del teatro y de la representación histórica con fines didácticos de amor a la patria.

El espectáculo de la Roma antigua y una familiaridad con sus principales escritores marcaban una gran influencia. Y además del testimonio de su pasado, Florencia consiguió a través de sus historiadores algo más, una fama mayor que la de cualquier otra ciudad de Italia. En ninguna otra ciudad de Italia las luchas de los partidos políticos eran tan amargas, de origen tan temprano, tan permanente y las descripciones de ellas dan una clara evidencia de la superioridad de la literatura y la crítica florentina.

Y qué grande es la víctima de estas crisis, Dante Alighieri, madurado tanto por el hogar como por el exilio. Expresó su desprecio por los incesantes cambios y experimentos en la constitución de su ciudad natal en versos con extrema dureza, que seguirán siendo proverbiales mientras se repitan sucesos políticos del mismo tipo; se refirió a su hogar con palabras de desprecio y anhelo que seguramente movió los corazones de sus compatriotas.

Pero sus mejores pensamientos iban sobre Italia toda y el mundo entero. Y esa es la aspiración de todos los ciudadanos de esta gloriosa República, la pasión por el Imperio y el incesante anhelo de crearlo. Sin embargo, tal como lo concibió el sumo Poeta, no eran más que una ilusión y sólo queda admitir que los sueños juveniles de esa especulación no florecieron, en su caso, más que en una grandeza poética. Se enorgullece de haber sido el primero en haber andado este camino del Imperio universal, ciertamente en las huellas de Aristóteles, pero a su manera. Su emperador ideal es un juez justo y humano, dependiente sólo de Dios, heredero del dominio universal de Roma, de la cual son herederos; ese imperio al que perteneció la sanción de la voluntad y la audacia. Según este punto de vista, la conquista del mundo era legítima, apoyándose en un juicio divino entre la Roma antigua y Dios que dio su aprobación a este imperio, puesto que bajo él se convirtió en hombre, sometiéndose a su nacimiento al censo del emperador Augusto y su muerte al juicio de Poncio Pilato. Podemos encontrar difícil el apreciar estos y otros argumentos del mismo tipo, pero la pasión de Dante nunca deja de llevarnos con él.

Como ejemplo de la aplicación rigurosa de la estadística podemos observar el resultado económico de la Peste Negra como en ningún lugar de Europa. Sólo los florentinos llevaron un recuento de como la cada vez más escasa población hizo los bienes más baratos, y sin embargo, los salarios y los trabajos se doblaban en precio; como la gente común en un principio dejo completamente de trabajar; como los sirvientes lograban sueldos extravagantes; como los campesinos trabajaban las mejores tierras abandonando el resto; o como los piadosos donaban grandes sumas a la caridad para los pobres, pero estas donaciones resultaban inútiles ya que los pobres o habían muerto o habían dejado de ser pobres.

Los registros también muestran como la propiedad y los negocios de los primeros Medici, de 1434 a 1471, pagaron 663,755 florines de oro en impuestos y caridad, lo que enorgullecia sobremanera a Lorenzo el Magnífico por haber sido tan bien gastado en su ciudad y el mejoramiento de sus ciudadanos.

Ese engrandecimiento de su ciudad lo hizo en sumas mayores hacia el arte, no sólo las bellas artes, los grandes pintores y escultores, sino con un sinfín de artes menores, esas artes, como las que tenían que ver con adamascos y bordados en oro y plata, con tallados en madera e “intarsia”, con escultura de arabescos en mármol y arenisca, con retratos en cera y con joyas y trabajos en oro, pero sobretodo con el lucrativo mercado de la seda, en la que los florentinos excedian a los asiáticos incluso.

Macchiavelli en su Historia Florentina representa a su ciudad natal como un organismo vivo y su desarrollo como un proceso natural e individual: él es el primero de los modernos que ha levantado tal concepción. Esta “Istorie Fiorentine” puede parecer a uno como una colección de curiosidades, puede despertar en otro un deleite diabólico en el naufragio de grandes familias, todas llenas de maniobras políticas de la máxima audacia, a un tercero puede parecer una gran asamblea histórica, pero para todos será objeto de reflexión y de estudio hasta el fin de los tiempos. El mal, que siempre perturbaba la paz de la ciudad, tenia su dominio en rivales poderosos cuya única regla era acaparar poder en desmedro de otros, y cuya consecuencia era un estado de violencia crónica.

Pero, ¿quién no admira a aquellos que forjaron un Estado tan sólido, mientras que todo a su alrededor no era sino venganza y exterminio? El resplandor que fundía el patriotismo siempre fue el motor que creó esa extraordinaria ciudad. Florencia no sólo existía bajo formas políticas más variadas que las de los estados libres de Italia y de Europa en general, pero además se reflejaba sobre sus ciudadanos mucho más profundamente. Es un espejo fiel de las relaciones de los individuos y de las clases con un todo variable. El gobierno de la nobleza, de las tiranías, de las luchas de la clase media con el proletariado, de la democracia limitada e ilimitada, de la pseudo-democracia, de la primacía de una sola casa, de la teocracia de Savonarola y las formas mixtas de gobierno que preparaban el camino para el despotismo de los Médicis, todas las formas describen a los actores y sus motivos más íntimos.

Ellos trataban las fuerzas existentes como vivas y activas, tomaban una visión amplia y precisa de las posibilidades y alternativas. Ninguna ciudad podría estar más libre de vanidad u ostentación, el peligro para ellos no radica en una vanidad del genio o en un falso orden de ideas, sino más bien en una poderosa imaginación que evidentemente controlaban con dificultad.

La objetividad del juicio político es a veces espantosa en su sinceridad, pero es el signo de un tiempo con muchas necesidades y peligros extraordinarios, cuando era difícil creer en el derecho o dar por ciertas y seguras las alianzas.

No se olviden que esta gran Florencia fue fundada por Julio Cesar y los florentinos eran unos patriotas en el sentido más completo de la palabra, en la cual, para ellos no habla la moral, habla el engrandecimiento del Estado; la expansión del poder y la fama de su ciudad y a través de ella la suya propia, cada cual a su manera, desde los Pazzi hasta Savonarola, desde Ficino hasta Leonardo, todos los grandes hombres de esa ciudad tenían en su primer y último pensamiento la seguridad y la gloria de su magnífica urbe.

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