Opinión

Hegel y el asado de tira

11 Julio, 2017

Ha pasado un tiempo desde la primera vez que en compañía de un grupo de amigos tuvimos la fortuna de poder visitar la residencia del Dr. H. C. F. Mansilla, uno de los pocos académicos que hoy en día procura instaurar las bases del pensamiento crítico en las ciencias sociales en Latinoamérica y particularmente en Bolivia.

En aquella ocasión sentados en una pequeña pero elegante sala comenzamos a charlar con el Dr. Mansilla sobre diferentes temas, que iban desde la filosofía clásica hasta las diferentes formas de encender el carbón para una parrillada, recordando a figuras históricas como Vlad Tepes el empalador, para después hacer parangones surreales del mismo con personajes menos macabros como Esopo.

Las divertidas y en muchos casos irreales anécdotas de nuestro anfitrión, quien siempre recalcaba el hecho de a su parecer a lo largo de su vida él no había hecho nada interesante y que veía a sí mismo como un hombre aburrido, nos trasportaban de las cómodas aulas de la Universidad Libre de Berlín a las casas aristocráticas de familias tradicionales austriacas, de sus viajes por el medio oriente a su infancia entre Argentina y Bolivia.

De rato en rato no perdía la oportunidad de manifestarnos su extrañeza ante el hecho de que un grupo de jóvenes de nuestra edad (entre 25 y 32 años) fuéramos voluntariamente a visitarlo, su hipótesis era que nosotros esperábamos que él nos entretuviera con historias emocionantes, una cena abundante digna de un rey o posiblemente la compañía de atractivas mujeres que mantuvieran llenas nuestra copas.

Nuestra respuesta simplemente era que nosotros nos sentíamos más que satisfechos al poder conversar con él en persona, darle nuestros cometarios sobre algunas de sus obras y de ser posible que nos firme uno o dos de sus libros en compañía de una pequeña dedicatoria de ser posible.

A lo largo de toda la tarde y parte de la noche jamás pudimos convencerlo de lo anterior, estoy seguro que aún está intentando dilucidar sobre nuestro fuero interno para descifrar que nos motivó a reunirnos con él en su departamento aquel día.

Al caer la noche la conversación se centró en nuestra atormentada república de Bolivia. Le manifesté mi teoría de que Bolivia goza de una aparente inmortalidad como Estado en sentido de que antes del ocaso de muchos Estados en el mundo estos habían llegado a su apogeo y por lo tanto a Bolivia le queda aún mucho tiempo de vida ya que estamos muy lejos de llegar a tal nivel de desarrollo. A lo que él respondió con una estridente carcajada al mismo tiempo que asentía con la cabeza en señal de aprobación.

Recuerdo que en algún momento alguien menciono a Hegel (aunque no tengo claro por qué motivo lo hizo), razón por cual nuestro anfitrión manifestó nuevamente su extrañeza sobre la conducta de mis amigos así como la mía, nos preguntó si es que habíamos ensayado la conversación previamente o si es que realmente disfrutábamos hablando sobre estos temas poco apreciados por nuestros contemporáneos.

Uno de los presentes le mencionó al Dr. Mansilla que ese tipo de conversaciones era normal mientras preparábamos un asado de tira, el doctor nos preguntó si es que siempre hablábamos de Hegel mientras preparamos un asado, a lo que uno de nosotros le contestó que a veces jugamos War en lugar de cocinar y eso ocasionó que todos los presentes riéramos estrepitosamente por unos 5 minutos.

Llegado el final de tan memorable reunión el doctor nos dio un consejo a uno de mis amigos y a mi persona, como había notado un cierto aire de desdén hacia las prácticas patrioteras, populistas, santurronas y chabacanas de nuestra república, sugirió que nos consiguiéramos una chica del pueblo que nos ayude a reconciliarnos con lo peor de nuestro país.

Ha pasado un tiempo desde esa reunión y aún no he conseguido esa chica, para ser honesto jamás la busqué.

El autor es politólogo

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