Opinión

Testimonio de un lector (I)

12 Julio, 2017

     “La lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer”.

Ricardo Piglia

Determinar un momento exacto en que surgen nuestras aficiones o saber cuándo pasan a ser un modo de vida, es una tarea casi imposible de rastrear. En cierto modo, es bueno que así sea, pues de este modo se aleja la tentación de epifanías idealizadas y armadas, propias de las biografías y de los mitos. El desarrollo de aquello que nos identifica es algo paulatino que está expuesto a las experiencias y hasta a casualidades impensadas.  Algo de eso ocurre con mi encanto por el mundo de los libros.

Guardo gratas y fuertes imágenes mentales de un mueble en la casa de mi infancia, con sus cuatro niveles, en los que se apilaban revistas, novelas, textos escolares y algunos otros que estaban lejos de mi alcance, tanto por la estatura como por su contenido. También recuerdo a maestros que —más allá del cliché o las imposiciones programáticas— con osadía y algo de esperanza desafiaron mis capacidades con libros complejos y extensos. Por supuesto, el agradecimiento será inagotable para ellos. La siguiente fase fue caminar solo, las elecciones de compra se volvieron cada vez más autónomas y complejas. Es que la libertad también es un elemento inherente a la lectura; se percibe desde la elección del volumen a tomar, en la interpretación de los contenidos y en la valoración y emoción que pueden generar los libros en la subjetividad de individuo.

“Hay que abrir los libros, perderles el miedo, agredirlos, degustarlos…”, escribe Jorge Edwards. Precisamente por eso, no es saludable ni plausible la pretensión que todas las personas consagren sus horas a los libros; hay espacios que bien pueden dedicarse a otra clase de actividades. Para las imposiciones, están los dogmas y los hombres tentados por la autoridad. Por otro lado, la valoración es clara: los beneficios son innumerables si uno opta por las letras. El cultivo de la imaginación, la construcción de un vocabulario menos limitado, la asociación de ideas, el trabajo de la memoria y la pretensión de la erudición –entre otros- son consecuencias de numerosas y variadas lecturas. Ya en el campo del pensamiento y la reflexión posterior, pueden emerger de forma civilizada y con contenido la inconformidad, la rebeldía y el espíritu crítico en la fragua de los libros.

Por el gregarismo en algunas edades y por la poca valoración de la creación literaria, el lector es visto como un ser raro, retraído y símbolo del mayor aburrimiento. Lastimosamente, en algunas sociedades esta fase hostil no es superada y se extiende incluso en estadios superiores como la educación universitaria, la vida laboral y hasta la labor del profesorado, generando así ambientes de escaso nivel cultural. Ese objeto raro —el libro— en lugar de conectar mentes, emociones y personas, motiva extrañeza y hasta burla.

Marco Aurelio Denegri se refiere acertadamente a la lectura como el único vicio saludable. Salvo por contratiempos ópticos a la larga, que valdrán siempre la pena, no advierto ningún daño provocado por la bibliofilia. Ni siquiera el factor económico puede esgrimirse como argumento contra la adquisición de volúmenes y colecciones. Desconfío de mortales que afirman que los paseos por librerías, ferias y otros representan gastos absurdos o innecesarios. Apunto esto desde mi óptica particular, pues aunque no es posible asegurar el destino o los giros de lo venidero, no concibo una existencia sin libros adquiridos y por adquirir; la sola idea es aterradora.

Aunque puede haber predilecciones, la voracidad y promiscuidad literarias no discriminan géneros. Así, aparecen la novela como ejemplo de orden, constancia y estilo; el cuento como la puerta a la literatura fantástica y a mundos que no requieren pasar la treintena de páginas; el teatro, con su desafío de representación; la poesía como acercamiento a lo sublime; y el ensayo como el género del pensamiento por excelencia para la propagación de ideas para mejorar el mundo o, al menos, para evitar su desmoronamiento. Con el tiempo y el apego, en el acto de leer pueden asentarse no solamente las bases de un entretenimiento o distracción placentera, sino los principios que hacen a la vida misma.

Librería en la zona de San Telmo, Buenos Aires

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