Política

El Vicepresidente y los “Símbolos Duraderos”

12 Julio, 2017

Si se quiere una verdadera arquitectura transformadora, véase esta obra maestra de Emilio Villanueva (1948), construida en el periodo “republicano, racista, clasista y excluyente”

El Vicepresidente -es habitual en alguien que no ha logrado entender el valor fundamental de la creación literaria, plástica, arquitectónica como la argamasa fundamental de nuestras culturas- cree que el uso de frases hechas y lugares comunes bastan para justificar sus acciones. Me califica como “republicano, racista, clasista y excluyente”.

¿Cree el Vicepresidente que un par de adornos inspirados en las culturas andinas resuelve el carácter y la tipología de una construcción? ¿Estética Plurinacional? Sería adecuado que el segundo mandatario se ilustre a propósito de la arquitectura nacional que ha buscado recobrar elementos de nuestro pasado indígena desde que en 1918 Arturo Posnansky construyó su residencia, hoy Museo de Tiwanaku. El gran problema de algunos políticos es la idea equivocada de que son los descubridores y creadores de un nuevo momento en la historia, como si –para el caso que nos ocupa- la Revolución de 1952 nunca se hubiese producido. En la arquitectura, el gran creador que buscó recuperar la tipología y las formas ornamentales de Tiwanaku fue Emilio Villanueva, el viejo estadio Hernando Siles (1930) es un ejemplo de ello, pero la obra maestra de lo que algunos han denominado una arquitectura nacional y otros una arquitectura neotiwanakota es el edificio central (monoblock) de la Universidad Mayor de San Andrés (1948).

Monumento a la Revolución de 1952, obra de Hugo Almaraz (1956)

Iguales esfuerzos hicieron en los años cincuenta Hugo Almaraz con el notable Monumento a la Revolución en Miraflores encargado por el Presidente Paz Estenssoro en un lugar adecuado y lejos del centro histórico, o Franklin Anaya y Gustavo Medeiros en los edificios de la Universidad Técnica de Oruro (1970), o más recientemente Juan Carlos Calderón, que a partir de una influencia organicista recuperó formas inequívocas del arte indígena andino.

Mal que le pese a Álvaro García Linera, la búsqueda de valores estéticos transformadores que recobra la integralidad de nuestra pasado comenzó mucho antes de su nacimiento. La República que tanto execra, a pesar de que el Estado Plurinacional ha escogido la forma republicana para su organización, ya había hecho aportes invalorables democráticos, que revalorizan lo indígena, contrarios a la discriminación y al racismo, mucho antes de que el Presidente Morales iniciara su andadura sindical en el Chapare.

Si el Vicepresidente quiere encontrar ejemplos de arquitectura democratizadora y transformadora no tiene más que dar un paseo por la ciudad de La Paz. Con un añadido fundamental que, como ocurre en Cusco o Quito, es perfectamente posible la agregación de estilos a partir de forma de organización social diversas (incluyendo la inevitable realidad de la antinomia dominadores-dominados) sin destruir los contextos urbanos. Lo que era norma en el pasado de los diferentes imperios, no lo es hoy. Para ejemplo basta un botón, el nuevo edificio del Congreso ecuatoriano, adecuado a sus necesidades (con un hermoso mural del pintor revolucionario Oswaldo Guayasamín) se ha construido muy lejos del centro histórico de Quito. ¿Es tan difícil de entender?

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