Opinión

El Renacimiento y la diplomacia

14 Julio, 2017

Los estados italianos consiguieron un tratamiento puramente objetivo en sus asuntos internacionales, libres de prejuicios, así como de escrúpulos morales, donde alcanzaron una perfección que a veces no carece de cierta belleza y grandeza.

Pero en su conjunto parece un abismo sin fondo. Todos los estados estaban animados por sentimientos hostiles y dispuestos en todo momento a usar contra los demás cualquier arma que su mala conciencia pudiera sugerir.

Ludovico Moro, los reyes aragoneses de Nápoles y Sixto IV, por no hablar de las potencias más pequeñas, mantuvieron a Italia en un estado de constante y peligrosa agitación. Las intrigas, las alianzas siempre cambiantes, la corrupción y la traición constituyen la historia de Italia en este período.
El plan de un equilibrio de los cuatro principales poderes italianos, tal como lo entendía Lorenzo el Magnífico, no era más que la asunción de un alegre espíritu optimista. Habría sido bueno si el atroz juego hubiera sido confinado a Italia, pero es en la naturaleza del caos que se debe buscar finalmente la intervención y la ayuda del extranjero, en particular de los franceses.

Dijo un ecuánime Papa: “No puedo establecer mi propia ventaja sobre la seguridad de toda Italia; ¡Dios nunca llegó a la mente de los reyes franceses para probar su fuerza en este país! Si alguna vez lo hacen, Italia está perdida.” Pero lamentablemente la voz de los sucesores de San Pedro no fue escuchada por los otros príncipes y llamaban al rey de Francia cada vez que no veían una manera más conveniente de salir de sus dificultades.

Algunos hombres, de hecho, preveían la conquista extranjera mucho antes de la expedición de Carlos VIII. Y, después cuando Carlos volvió al otro lado de los Alpes, era evidente para todos los ojos que había comenzado una era de subyugación. Las desgracias se amontonaba sobre desgracias y así comprendieron demasiado tarde que Francia se había convertido en una gran potencia europea, que ya no se contentaría con una pleitesía verbal, sino que lucharía por influencia y territorio en Italia; había comenzado a parecerse a los estados italianos e incluso a copiarlos, sólo que a una escala gigantesca.

Los melancólicos reflejos de los poetas nos muestran cómo todos los que habían llamado a los bárbaros, todos ellos, llegaron a un mal fin.

A pesar de todos estos inconvenientes merece nuestro elogio los estadistas italianos de este período, que sólo sobre la base de su inteligencia, su adecuación práctica y su falta de prejuicios lograban sobrevivir y arañar territorio y concesiones a otros. No había un sistema feudal según la fórmula de la Europa continental, con sus esquemas artificiales de derechos, sino que el poder que cada uno poseía era tal tanto en la práctica como en la teoría. Aquí no había ninguna nobleza que pudiera promover en la mente del príncipe el sentido de la sangre o el honor, con todas sus extrañas consecuencias.

Los príncipes y los consejeros actuaban de acuerdo con las exigencias de cada caso particular y con el fin que tenían en mente, ningún orgullo de casta ni sentimiento medieval residía ya en ellos. Por ejemplo en los Condottieri, el nacimiento era una cuestión de indiferencia y eso muestra claramente en qué clase de manos se hallaba el verdadero poder, al igual que el Gobierno, en manos de un déspota ilustrado, este tenía un conocimiento incomparablemente más acertado sobre su propio país y el de sus vecinos, que los poseídos por los contemporáneos del norte.

Cuando el gran Alfonso de Nápoles fue prisionero de Filippo Maria Visconti, logró convencer a su carcelero que el gobierno de la casa de Anjou en lugar del suyo en Nápoles haría a los franceses amos de toda Italia, Filippo María lo liberó sin rescate y se alió con él.

Pero más audaz es la demostración de su confianza en el ejercicio del poder (y de su propia gloria) de Lorenzo el Magnífico, cuando al asombro universal de sus ciudadanos florentinos, se presentó ante el rey de Nápoles, un hombre que sin duda sería tentado en mantenerlo prisionero o simplemente asesinarlo. En las fauces del enemigo se podría decir ahora. No sólo lo convenció de una alianza contra el papado, además lo sedujo a un acuerdo económico contra otro poderoso monarca, y por si fuera poco, lo extorsionó para que le regalara 50 cañones. He ahí un hombre que bien se ganó el apelativo de magnífico.

El estudio del carácter humano, de la individualidad, de los halagos y tentaciones, de las aspiraciones y ambiciones era un arte tan bien trabajado que con tales hombres cualquier negociación era posible y su opinión modificada cuando se les presentaran razones prácticas y así estimaban las capacidades económicas y morales de amigos y enemigos hasta en el más pequeño particular.

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