Opinión

Samuel, un niño jailón

18 julio, 2017

Tras perder las elecciones en el Reino Unido, manteniendo un 31% del apoyo del electorado, Ed Miliband, socialista como Samuel, anunció su dimisión como líder al asumir la «absoluta y total» responsabilidad del resultado. Sin embargo nuestro querido Samuel nunca ha renunciado a pesar de tener una intención de voto del 8%, el peor resultado de UN en unas encuestas, acompañado de un desarrollo más que lamentable en las elecciones generales, Samuel Doria Medina anuncia siempre que ha «hecho historia». Sabido es que la victoria tiene numerosos padres y la derrota vive en la orfandad.

Pero, ¿conocen otro país donde los fracasos electorales se disfrazan de éxitos con tanto desparpajo como en Bolivia? Nuestro mal llamado líder opositor se toma los estrepitoso fracasos electorales sin ninguna intención de asumir responsabilidades. Cero autocrítica. Ninguna renovación. Pierda o siga perdiendiendo, pues lamentablemente eso es lo que ha hecho en su carrera política, sabe que su futuro no depende tanto de la opinión de los votantes como de las intrigas y alianzas. Sólo así se entiende que Samuel trate de aferrarse a su liderazgo al frente del partido e incluso se postule para presidente de un país donde nueve de cada 10 votantes se decantaron por otra opción.

Alegar que el nuestro es un sistema presidencialista, y que todas las combinaciones son igualmente legítimas, no añade coherencia a una ambición personal que debió morir la misma noche electoral de su tercer fracaso consecutivo. Y, sin embargo, estamos en Bolivia, así que no descarten que Samuel se salga con la suya, pues posee un coro de duendecillos mercenarios que, para mantener sus sueldos, le dicen todo lo que quiere escuchar. Eso, sumado al dinero, hacen de él el déspota menos democrático de las opciones opositoras.

Y de ahí nace la pregunta del millón que me gustaría hacer: ¿Si reconociera que es un obstáculo para el desarrollo democrático, Samuel tendría la grandeza de apartarse? Me imagino la respuesta, pues es la mísera ambición de saber que compra voluntades y no la voluntad de engrandecer a la nación lo que lo mueve, a él y a los suyos. El síndrome del niño jailón, el infantilismo de la tozudez y la desmedida ambición…

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