Sociedad

El valor de la verdad

18 Julio, 2017

No nos gusta que nos mientan. Si preguntamos por el estado de un automóvil que vamos a comprar y nos dicen que es “bueno”, esperamos que eso se corresponda con lo que pagaremos. Si votamos a un político que dice que no delinquirá, no nos agrada verlo robar descaradamente desde la función pública. A nadie, sospecho, le gusta enterarse de que su pareja le miente.

Si preguntamos algo, en general esperamos una respuesta verdadera o al menos de buena fe. Incluso los mentirosos y embaucadores, los engañadores de todo tipo y los demagogos estiman la verdad. El primer requisito para mentir es conocer la diferencia entre lo que se dice y la verdad.

En ningún ámbito se valora la verdad más que en la ciencia y en la tecnología. La ciencia busca encontrar representaciones verdaderas del mundo. Busca obtener de esas representaciones enunciados que se correspondan a los hechos. El tecnólogo, por otra parte, debe conocer la verdad de muchos enunciados para poder diseñar un aparato que funcione. Si el coeficiente dinámico de viscosidad de un neumático no es el que se afirma, el usar ese neumático puede llevar a un accidente fatal.

Es inútil acumular ejemplos: toda la tecnología moderna funciona porque son verdaderas miríadas de enunciados que han sido puestos a prueba innumerables veces bajo condiciones controladas y rigurosas.

Sin embargo, es muy común oír decir en claustros académicos, especialmente de ciencias sociales, que la verdad es una mera construcción social. Que cada sociedad, cada tiempo, cada grupo humano, cada persona acaso, tienen “su verdad”. Que es lo mismo una creencia que una opinión científica. Que la evidencia es producida o inventada en un contexto social. En definitiva: que no hay verdad.

A lo sumo habría cambiantes “verdades” que dependen del momento y del lugar. Se nos dice que la verdad incluso puede ser peligrosa, un instrumento de imponer una visión, de ejercer un poder sobre otros, una camino a la esclavitud intelectual.

Esas opiniones no son nuevas, ciertamente. Las encontramos en los primeros sofistas griegos, como Protágoras, Gorgias, Hipias y Pródico entre los más conocidos. Las vemos resurgir con el romanticismo y el irracionalismo europeo del siglo XIX. Están en Nietzsche y sus sucesores, y permean toda la filosofía moderna genéricamente denominada posmodernista, constructivista y posestructuralista.

Las ideas constructivistas que cuestionan el valor de la verdad se extienden a la interpretación de la ciencia a través de los escritos de personajes como Gaston Bachelard, Paul Feyerabend y Bruno Latour.  Para Latour, por ejemplo, las verdades científicas no se descubren, sino que se inventan o construyen en el laboratorio bajo un cierto contexto social.

Evaluar estas opiniones implica tener una noción clara de que significamos con la palabra “verdad”. ¿Qué es, exactamente, la verdad? ¿Es una cosa, alguna clase de entidad, que podemos “hallar” en el mundo? ¿Es un mero concepto? ¿Qué queremos expresar cuando decimos que la ciencia “busca la verdad”?

La verdad y la doxa
Aristóteles señaló que la verdad es decir de lo que es, que es, y de lo que no es, que no es. Ya Parménides en poema Sobre la Naturaleza diferencia entre un discurso verdadero y la mera opinión (doxa). Según esta tradición, la verdad no es una cosa, sino una relación entre nuestras opiniones y los hechos. Podemos refinar estos conceptos y decir que hay dos clases de verdades: las ontológicas y las semánticas.

La evidencia está conformada por enunciados que se obtienen de la experiencia. En ningún ámbito se valora la verdad más que en la ciencia y en la tecnología. (Imagen: Army.mil)

Las primeras son la correlación entre dos clases de procesos físicos: procesos entre nuestro cerebro y procesos en el resto del Universo. Al ser relaciones entre procesos, la verdad ontológica, o adecuación de nuestro pensamiento a la realidad, debe ser investigada por las ciencias empíricas, en especial por las neurociencias.

Las verdades semánticas, en cambio, son relaciones entre conceptos (expresados por medio de enunciados de nuestro lenguaje). Esta clase de verdades son estudiadas por la semántica filosófica. Sí sólo se trata de relaciones entre conceptos que no se refieren a hechos, tenemos enunciados puramente formales como los de las matemáticas, cuya verdad se establece por coherencia con un sistema formal.

Por otro lado, decimos que un enunciado que se refiere a hechos (fáctico) es verdadero si y sólo si está de acuerdo con los enunciados que expresan un cuerpo de evidencia sobre los hechos en cuestión. La evidencia está conformada por enunciados que se obtienen de la experiencia. Si esa experiencia es científica (o sea controlada bajo los estándares de la ciencia del momento), la evidencia también los es.

Es importante destacar que los enunciados no son verdaderos o falsos en sí mismos. No es posible establecer la verdad de un enunciado fáctico solamente analizando el enunciado; debemos analizar el mundo si queremos saber si es verdadero o no. Nuestro análisis del mundo, por otro lado, nunca es completo. De allí que las verdades fácticas rara vez son completas, y siempre son relativas a la evidencia disponible en unas circunstancias dadas.

Relativas, pero no subjetivas. Esto es, dependen de la evidencia pero no de nuestra voluntad o subjetividad. Debido a la dependencia con la evidencia el valor de verdad de un enunciado puede cambiar cuando cambia el cuerpo de evidencia. Es por esto que la ciencia progresa: enunciados antes tenidos por verdaderos son desechados como falsos ante nuevos datos, y nuevos enunciados son formulados a la luz de teorías que se desarrollan para reemplazar a las viejas que producen demasiados enunciados falsos.

Todos los animales que sobreviven de alguna manera evalúan su entorno y forman representaciones del mismo. Su supervivencia depende de que esas representaciones se ajusten a la realidad. Si no se identifica correctamente un depredador o una fuente de alimentos, se corre riesgo de muerte. De allí el valor de las representaciones verdaderas. Lo mismo sucede con las sociedades humanas.

Ninguna sociedad que se apoye en concepciones esencialmente falsas del mundo puede sobrevivir en el largo plazo. Simplemente le faltará la capacidad de adaptarse a la realidad y transformarla para poder subsistir y progresar. La lucha contra la ignorancia, la superstición y la mentira deliberada forman el núcleo esencial del progreso de la civilización. Esa lucha expresa el valor de la verdad, y es la lucha de todos los seres humanos que aspiran a ser verdaderamente libres.

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