Opinión

La Borrachera estulta del arte “contemporáneo” y las entradas folklóricas

19 julio, 2017

En los últimos meses me pregunté por la necesidad de hacer crítica de arte. Sin encontrar ninguna respuesta que realmente me convenza; preferí cambiar mi punto de vista, excluyendo el viejo debate sobre ¿qué es arte?, y, preguntarme: ¿qué se puede considerar arte en este momento?

Mario Vargas Llosa en su artículo Caca de elefante, recopilado en su libro La sociedad del espectáculo (2012),retrata que el mundo del arte está podrido, porque: “el camino más seguro hacia el éxito en materia de arte es llamar la atención”. Tan igual como su amigo escultor que no le aceptaban los museos de París por ser tradicionalista y no vanguardista o escandaloso. Hecho el viraje el artista (que provocó con unas maderas con carne en descomposición, donde revoloteaban moscas dentro de una caja de cristas con unos micrófonos para amplificar el zumbido) fue reconocido por todos e incluso lo llamaron a un medio de comunicación para ser entrevistado. La conclusión del Premio Nobel es que “en la actualidad: todo puede ser arte y nada lo es.”

Me pregunto, por tanto, qué se considera arte en la Bolivia actual. Podemos tener dos salidas a este problema, primero: el arte contemporáneo en Bolivia es todo aquello que se presenta en los museos, galerías y exposiciones, ya sean de artistas individuales o colectivos. Por otro lado, es todo aquello que se presenta en las entradas folklóricas. Lo primero es interior o exterior, dentro de las cuatro paredes blancas del museo, especialmente, y con un aval curatorial; lo otro, es la apropiación de la calle, con una autorización o no, de la municipalidad, la gobernación o el Estado.

Las relaciones entre el arte contemporáneo y las entradas folklóricas son similares. Primero, ambas son repetitivas y monótonas, es decir siempre presentan los mismos pasos como los mismos trazos, si es que los hay. Segundo, creen rescatar y mostrar lo más profundo, sagrado y valioso, por medio de sendas investigaciones. Tercero, apuestan por la innovación y la provocación. Y, por último, recurren a la legitimidad institucional por medio de un curador o de una autoridad (alcalde, prefecto o presidente).

Entre las posibles críticas que pueden hacerme, los apologistas, es, que: el arte contemporáneo es intelectualista, pues, lleva un proceso por demás complicado para llegar a un producto artístico; siendo el proceso de investigación arduo y complejo. Y, si no entendemos –los espectadores–, es porque no captamos ni sentimos la profundidad de su propuesta artística. Los folkloristas dirán por su parte que: ellos rescatan lo más valioso de la cultura, y que muestran al mundo lo que Bolivia tiene como nación, además que su coreografía se basa en los orígenes de la danza, tan igual como su vestuario. Hasta aquí, me parece que ambos, caen en lo que el curador llama: crear un discurso valido, con argumentos de sustento y profundidad y, mejor, si son ancestrales, cósmicos e incluso científicos, en una palabra: instrumentalizar las referencias para validar lo que hacemos. Palabras, que parafraseo, del crítico y curador Justo Pastor Mealla cuando estuvo en la bienal del 2013 en La Paz. Pastor terminó su exposición arguyendo que, si un colectivo o una bienal te rechazan o te excluye; lo que uno puede hacer es: generar un colectivo o una bienal con todos los rechazados y excluidos.

En términos de artistas que hicieron esto, podemos mencionar casos varios, como también las bienales y antibeniales en todo el mundo. Pero, y en los conjuntos folklóricos qué sucede. Lo mismo. Este mes en la ciudad de La Paz, por ejemplo, se llevará, una vez más, la entrada folklórica universitaria creada por la UMSA y auspiciada por la Cervecería Boliviana Nacional. Sin embargo, las universidades privadas no se quedaron atrás y crearon: la entrada folklórica de las universidades privadas, que se realiza en noviembre de cada año. Según su fundador, José Dávalos, “esta entrada es una integración para demostrar y defender la riqueza cultural que apetecen nuestros vecinos Perú y Chile.” (Entradas Folclóricas de Bolivia: 7/nov/ 2015). Lo que dice Dávalos, de igual manera, lo podría manifestar un artista, es decir: apelar al chauvinismo: moneda fácil, barata y segura.

Todo esto es válido en una sociedad abierta a diversas propuestas, pero, no por eso incuestionable. Y, aquí radican mis observaciones sobre la necesidad de una crítica hacia el arte que en vez de justificarla, la cuestione. El arte, como dice  Avelina Lésper, de VIP (video, instalación, performance), lo único que hace es uniformar, manipular y democratizar la estulticia, porque se aplaude la ocurrencia de la improvisación, el facilismo y el escándalo. Seguramente, hay excepciones, pero son raras y pocas.

Este acto de escandalizar, la llevan como bandera muchos artistas (que en vez de denominarlos contemporáneos, podríamos decirles posmodernos), como también muchos folkloristas, aunque estos últimos escandalizan después de pasar el palco, por sus actos indecorosos (que se constituirían como arte, si lo avala un curador o una institución, tan igual como se hizo con: Manzoni, Warhol, Chadwick, Okariz, entre otros). La relación entre artistas posmodernos y entradas folklóricas está por demás obvia: los primeros tienen el aval conceptual del curador, del crítico de arte y de la institución, respaldando y presentado las obras con citas de autores de forma arbitraria e instrumental. Los segundos, tienen el aval institucional de autoridades en las cúpulas del poder y de los medios masivos de comunicación que hacen la construcción de las referencias a “lo propio y a lo nuestro”, como lugares comunes sacralizados e incuestionables, donde sólo se busca la enfatización del: regionalismo, nacionalismo y chauvinismo. En resumen, son las dos caras de la misma moneda.

Ernesto Sabato en su libro El escritor y sus fantasmas(1963) menciona que, “la deshumanización de arte [como pensaba Ortega y Gasset] está probada por el divorcio entre artista y público. No advirtiendo [Ortega] que podría ser al revés, que no fuera el artista el deshumanizado, sino el público”. Es decir, que, el artista posmoderno refleja en sus obras la deshumanización del mismo humano. No cabe duda que Sabato dio en el clavo con esta apreciación. Sin embargo, esto es aún más terrible al pensar que si el artista posmoderno refleja la idiotez del ser humano hecho obra en museos y la galerías, en cuatro paredes; los medios de comunicación la magnífica rompiendo todas las paredes posibles. No es casual, por ejemplo, que la televisión en los últimos tiempos, y, en consecuencia, las redes sociales, hayan expandido: la estulticia, el mal gusto colectivo, la decadencia humana y el cinismo. La deshumanización del artista y del público es norma y conducto regular en el arte, el folklorismo y en los medios masivos de comunicación. Pero, ¿por qué sucede esto? La respuesta es simple y sencilla, porque es: rentable, barato y efectivo para las masas. Al igual que las entradas folklóricas.

Con todo lo mencionado, es menester cuestionar estas manifestaciones “artísticas”, porque el objetivo en el arte posmoderno y en las entradas folklóricas de todo tipo, que son reproducidas y magnificadas por los medios masivos de comunicación es pasar: el mal gusto como norma general, la provocación y el escandalo como camino seguro para alcanzar el éxito, la repetición como innovación y, sobre todo, la estulticia como arte.

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