Opinión

Sobre el Destino del Arte

21 julio, 2017

A riesgo de pecar de ingenuo en esta era de la ingenuidad, me he propuesto hacer un paréntesis de los temas culturales que interesan a nuestra sociedad como ser la cuestión de determinar si es que la salteña es paceña o es potosina (por cierto es tarijeña), con la finalidad de reflexionar sobre el destino del arte en Bolivia o para ser más exacto, dilucidar acerca de si el arte tiene algún destino en Bolivia.

En palabras del ilustremente desconocido Dr. Jaime Guerra, a quien he calificado como el poeta de lo inmundo, el arte en Bolivia en los últimos años se ha formado en sentido de ser simplemente arte, es decir que bien podría tener algún significado pero en la mayoría de los casos no lo tiene.

Para comprender esta idea es necesario ver al arte como parte de las formaciones históricas de la sociedad boliviana, en primer lugar es necesario recalcar el hecho que debido al fenómeno de la conquista mucho del arte nativo de las regiones altiplánica y amazónica se han extraviado o en el mejor de los casos se han mezclado con las herencias ibéricas que sostenemos vívidamente hasta la actualidad.

Con esto quiero decir que nuestras prácticas artísticas en su mayaría son replicas o revisiones de estilos de arte del viejo continente, a pesar de que en la actualidad queramos renegar enérgicamente de muchas de aquellas herencias culturales que nos ha dejado la colonia.
Un gran problema el momento de buscar la originalidad del arte de la región andina es la ausencia de un lenguaje codificado que nos permita conocer sus referencias de primera mano, su noción sobre la belleza, la manera en que percibían la estética de la naturaleza y el papel del hombre el momento de plasmar estas ideas en un bloque de roca tallada.

El Dr. H. C. F. Mansilla explica en sus memorias que sostenemos una relación de amor y oídio con el mundo occidental, considero que el arte es una excelente forma de validar dicha afirmación, ya que si bien alegamos una originalidad prístina sobre nuestros legados culturales y por ende artísticos, al mismo tiempo buscamos el constante reconocimiento del mundo para sentir de alguna forma que aquello que hacemos tiene algún valor, nuestros coterráneos en otros países se desesperan por organizar entradas folclóricas en tierras lejanas y ese extraño deseo de combinar lo autóctono con lo cosmopolita, una suerte de autismo selectivo en el que requerimos de la aprobación de ese mundo del que tanto nos quejamos en algunos temas poco trascendentes, pero al mismo tiempo cerramos nuestras mentes sobre aquellas cosas que atacan nuestro estilo de vida eminentemente conservador.

Otro aspecto que llama mi atención es que combinamos palabras al azar con el fin de dar una categoría superior a nuestras prácticas artísticas, una prueba de ello es la existencia de “Ballets Folclóricos” un neologismo que no es otra cosa sino el deseo de emparentar lo autóctono con lo foráneo, ya que haciendo una pequeña revisión etimológica e histórica es fácil denotar el hecho de que “Ballet” es un estilo de danza con una técnica propia que data del siglo XVI, sin embargo en la actualidad se lo utiliza como sinónimo de un grupo de personas que bailan, un hecho que allende de ser refutado es replicado, aplaudido y elogiado por la población en su conjunto.

Es propio del postmodernismo el hecho de que todo sea lo mismo y nada tenga un valor cualitativo, por lo que no está bien visto criticar el arte por su contenido o su forma, en todo este entramado carente de significado solo cabe aplaudir todo por trivial, absurdo, monótono o simplón que sea.

En última instancia yo diría que el arte en Bolivia carece de un destino identificable, esta extraviado en el utilitarismo monetario, cegado por el sonido de los bombos y platillos de las fraternidades que confunden el arte con el desastre.

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