Opinión

La Iglesia y sus peligros

21 julio, 2017

La historia del papado no es un simple espejo de las relaciones entre los hombres que interceder en nombre de un poder mayor, es la historia viva de las aspiraciones más profundas del hombre. La Santa Madre Iglesia perduró en las formas e intrigas renacentistas hasta bien entrado el siglo XX.

Las historias, sus héroes o villanos son tantos, de espíritu tan diferente, de logros tan diversos que es imposible aquí hacer siquiera un resumen. Sería tan grosero condensar tantas peculiaridades y momentos cruciales para nuestra historia occidental en unos pocos párrafos que por eso prefiero contarles una de muchas, ni la más brillante ni la peor, una pérdida ya en los anales del tiempo. La historia de Giovanni Cybo, el papa 213 de la Iglesia católica, cuyo pontificado duró menos de ocho años. El primero, de una lista de muchos, que empezó un ataque sistemático contra el progreso humanista, característica esencial del Renacimiento: el derecho inalienable a la discrepancia, el respeto por las diversidades culturales y religiosas y el derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida a partir de la diferencia. El primero en condenar y perseguir la brujería; el primero en ver a la ciencia como algo dañino y peligroso y atacando, cien años antes de Lutero, a aquellos que se oponían a su férreo control. En este caso el perseguido fue el erudito Pico della Mirandola.

En el cónclave de 1484 fue elegido papa y llevó el nombre de Inocencio VIII y con él la ya escasa inocencia de la Iglesia se perdió entre enormes dádivas mundanas: nuevas e incontrolables garantías cuyo eco traerá repercusiones impensables.

Dos cardenales, que a su vez eran príncipes de casas gobernantes, Juan de Aragón, hijo del rey de Nápoles y Ascanio Sforza, hermano del Moro, vendieron sus votos de una manera tan desvergonzada que el precio será siempre recordado como una afrenta, pero también como una garantía de la importancia del papado y su efecto sobre Italia toda y el mundo occidental. Una garantía del mantenimiento de la Iglesia, portadora de la justicia divina como última instancia frente al caos del mundo.

Lorenzo el Magnífico por su parte estaba ansioso para no terminar con las manos vacías, casó a su hija Magdalena con el hijo del nuevo Papa (también el primer Pontífice en reconocer públicamente a sus hijos) y esperaba enormes favores para la familia Medici consiguiendo que su hijo Juan sea rápidamente promocionado en los rangos eclesiásticos, recibió la tonsura (el primer grado clerical) a los siete y a los trece ya era cardenal. Para luego ser recordado entre los demás mortales como el Papa León X. Pero con respecto al hijo recién casado, Franceschetto, el padre Inocencio VIII hizo de él la viva imagen de las mundanas ambiciones. Buscar el más alto poder para el más bajo propósito de todos: la adquisición y acumulación de dinero.

La manera como padre e hijo practicaron tal ocupación debió haber llevado, tarde o temprano, a su catástrofe final: la división de la Iglesia. Si el anterior Papa había llenado sus cofres con favores espirituales, Inocencio por su parte estableció una oficina de favores seculares, en la que los perdones por asesinatos y otras vejaciones eran vendidos regularmente por grandes sumas, las indulgencias.

Roma, durante la última parte de su pontificado estuvo plagado de asesinos autorizados y no autorizados y las facciones estaban, de nuevo, en plena actividad conspiradora. Murió tras un intento fallido de transfusión vía oral que un médico judío llevó a cabo usando la sangre de tres niños de diez años de edad, que también resultaron muertos en la operación.

Era el año 1492 de nuestro señor Jesucristo, luego los Borgia, los Orsini, Piccolomini, della Rovere, todos ellos aprendieron y fueron maestros en el juego último de la diplomacia, el chantaje, la guerra y la sobrevivencia.

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