“Soy hic, hac, hoc. Yo me declaro: soy varón, soy mujer, soy un tercero / que no es uno, ni otro, ni está claro cuál de estas cosas sea / Soy tercero / De los que como a un monstruo horrendo y raro, me tienen por siniestro y mal agüero / advierta cada cual que me ha mirado / que es otro yo, si vive afeminado.”
Sebastián de Covarrubias. Emblemas morales (1610)

Es sábado y es el infierno.

Julio en Madrid significa cocinarse en los jugos propios y ajenos en unas calles que recuerdan demasiado a una plancha metálica al rojo vivo. Julio en Madrid significa también la marcha del orgullo gay, que, además, este año fue la fiesta más concurrida que se vaya a recordar en esta ciudad concurrídisima. Aquí se celebró la homosexualidad, el homoamor, a nivel mundial: el WorldPride 2017. Así que los calores no debieron importar demasiado a las miles y miles de personas que recorrieron estas calles de paila infernal con abanicos, pulseras, camisetas, sombreros y cuanto objeto pueda concebirse con los colores del arco iris. La ciudad se volvió radicalmente gayfriendly: los semáforos cambiaron a esa persona solitaria por una pareja del mismo sexo tomada de la mano, las sedes del Ayuntamiento y de la Comunidad se iluminaron de colores y miles de establecimientos hicieron ondear la bandera gay en sus fachadas. El Museo del Prado, otro símbolo de Madrid, no podía quedarse atrás en la celebración. ¿Qué es el arte sino una forma de mostrarle a los otros lo que eres, lo que realmente eres tras corazas y fachadas? ¿Qué es el artista sino alguien que ha salido –intenta salir a cada rato– de todos los armarios?

“El rapto de Ganímedes”, de Rubens (1638)

“El rapto de Ganímedes”, de Rubens (1638)

Dicen los creyentes que en cualquier página de la Biblia se puede encontrar un mensaje apropiado para el momento que se está viviendo. El Museo del Prado podría considerarse algo así, pero con cuadros y esculturas: sea lo que sea que estés buscando –pensando, sintiendo, necesitando– lo encuentras en ese gigantesco libro de obras de arte. Por eso no resulta extraño que con motivo de la Marcha del Orgullo Madrid 2017, el Museo decidiera crear una muestra temática: un recorrido por piezas de su colección permanente que, de alguna manera, ya por la obra en sí misma o por las circunstancias de su creador, hablan del amor/deseo/fascinación entre personas del mismo sexo o sobre las identidades terceras, no binarias, inclasificables, trans. O sea, sobre no encajar en la norma.

En total, son treinta piezas de la colección permanente las que componen el recorrido por La Mirada del otro y que se dividen en poéticas secciones: “Amistades Inmortales”, “Perseguir los deseos”, “Engañosas apariencias” y “Amar como los dioses”. Son obras que cada una a su manera –discretamente a gritos– exaltan ese amor que es subversivo nada más por el hecho de existir. El recorrido es, también, un viaje a las circunstancias vitales de algunos artistas y cómo las ganas de contar sus experiencias, sus deseos, su mirada distinta sobre el mundo, fueron filtrándose a través de la censura –interior o exterior– hasta llegar a volverse piezas fundamentales de la historia del arte.

No hay préstamos ni extravagancias en este recorrido, ni siquiera una sala en concreto lo alberga porque, como explica Carlos G. Navarro, el curador de La mirada del otro, ‘no íbamos a sacar las obras de un armario para volverlas a meter en otro’.

Todo estaba ahí, nada más había que saber mirarlo.

Comencemos.

El Cid, de Rosa Bonheur

El Cid, de Rosa Bonheur

La desafiante cabeza de león del cuadro El Cid de Rosa Bonheur, una obra que no se muestra hace años, invita a la exposición La mirada del otro, escenarios para la diferencia. Vaya. ¿Un león? ¿En serio? Para entenderlo, hay que saber un poco de Bonheur (1822-1899), la única artista mujer de la muestra –salvo que, ya saben, anónimo sea una mujer–. La francesa, especialista en pintar animales, se ganó la reputación de marimacho desde muy jovencita («yo era el más muchacho de todos», dijo alguna vez con orgullo). Esta idea, la de su condición machona, la siguió toda su vida y no buscó jamás desmentirla. En esa época cruel –más cruel que la nuestra, en todo caso–, ella llevaba el pelo corto, fumaba habanos y, gracias a un permiso especial porque estaba prohibido, usaba pantalones para asistir a las ferias de ganado y allí tomar apuntes para sus futuras obras. Rosa era homosexual y no ocultó jamás su inclinación. Sus parejas no fueron sus «amigas» ni sus «compañeras», sino sus mujeres. Entonces sí, un león es el símbolo de la muestra de arte relativo a la homosexualidad, pero no cualquiera: el león de Rosa Bonheur, animal indomable y altivo también.

El maricón de la tía Gila, pequeño dibujo en carboncillo de Francisco de Goya.

El maricón de la tía Gila, pequeño dibujo en carboncillo de Francisco de Goya.

En la sala de Goya, la mayoría de los visitantes del Museo se quedan extasiados, con razón, con La maja vestida y La maja desnuda, los míticos cuadros gemelos del pintor español. Las majas, esas mujeres voluptuosas, de mirada profunda y cejas oscurísimas echadas sobre almohadones, son, siguen siendo, cautivadoras con el pasar del tiempo. Cuesta separarse de los hermosos ojos de las majas para encontrarse con otros completamente distintos, horrorizados y horripilantes, los de El Maricón de la tía Gila (1808-1814), un dibujo en carboncillo que El Prado sacó –nunca mejor dicho– del armario, pues no se muestra hace años, y que forma parte de esos álbumes en los que el artista dibujaba la periferia: mendigos, locos, lisiados, deformes, lo que sea que escapara de la norma. Este ser humano que hoy llamaríamos queer, El Maricón –en mayúsculas– es alguien tristísimo, grotesco, tan incómodo en esas prendas enormes, como de castigo, que su incomodidad trasciende el papel y se pega al espectador como un bicho.

Goya muestra en esta diminuta pieza, aparentemente insignificante frente a las enormes y gloriosas obras del pintor que tiene El Prado, todo el dolor de ser objeto de burlas por tus atracciones prohibidas, pecaminosas.

Adriano

Adriano

Diseminadas aquí y allá en el Museo, como el amor de personas del mismo sexo en la vida real, es decir, sin escuelas, épocas ni confinamientos, la visita va desde las salas donde se exponen los mármoles de la antigüedad clásica: el busto de la poeta Safo de Lesbos, educadora y amante de sus discípulas y por quien se acuñó la palabra lesbiana, o el de Antínoo, cuya belleza siempre fue inmortal, junto a su amante y mentor: el emperador Adriano, pasando por Caravaggio –quien tuvo que responder ante un tribunal por su supuesta sodomía– o Botticelli, hasta llegar, por ejemplo, al bellísimo Diana y Calisto de Rubens, obra en la que el pintor muestra el momento más doloroso del amor homosexual de la mitología. Lo contó Ovidio en Las Metamorfosis: Zeus se sintió atraído por Calisto, la ninfa amada de Diana, diosa de la luna, la caza y la castidad, y se transformó en ella para seducirla y violarla. Diana castigó a Calisto alejándola de su lado, del mundo femenino en el que vivía. En el cuadro, mientras Diana y sus ninfas se preparan para darse un baño, Calisto muestra su embarazo. Avergonzada, intenta cubrirse con sus ropas. La obra, que visibiliza el amor entre mujeres en una época en la que eran los hombres los que disfrutaban del arte, es bellísima en su profundo dolor: la diosa se da cuenta de que debe castigar con el exilio a su adorada ninfa a pesar de que es inocente.

Safo (cabeza en mármol)Anónimo del siglo XVI

Safo (cabeza en mármol) Anónimo del siglo XVI

San Sebastián, el soldado romano castigado por ser cristiano, es ya un símbolo de la comunidad homosexual masculina: un paradigma del deseo reprimido y torturado. Para Salvador Dalí, por ejemplo, el poeta homosexual Federico García Lorca fue el San Sebastián español. También a este santo el escritor inglés Oscar Wilde –otro mártir de la homosexualidad– le dedicó su primera poesía homoerótica y Yukio Mishima, novelista japonés, reflexionó frente a él sobre el erotismo masculino. Semidesnudo y con el cuerpo atravesado por saetas como parte de su martirio, esta versión del tormento de San Sebastián de Guido Reni no fue considerada lo suficientemente recatada por su primera propietaria, Isabel de Farnesio, quien ordenó que se le cubriera una mayor parte del cuerpo. Aún así, San Sebastián, con su palidez perfecta y su melena negra, tiene una belleza y una sensualidad absolutamente turbadoras.

San Sebastián, de Guido Reni (1798/1802).

San Sebastián, de Guido Reni (1798/1802).

Alguien duerme frente a Las Meninas. Si se observa al ser durmiente con el famosísimo cuadro de Velázquez de frente, es una muchacha: su hermoso cuerpo esculpido en bronce –que enamoró tanto a Velázquez que lo llevó a España– descansa sobre unas almohadas. Sin embargo, al rodearla aparece un pequeño pene entre sus piernas –’el pene mejor detallado de todas las colecciones del Museo del Prado para dejar claro que es una condición físicamente ambivalente’, según el curador–. Es una chica y también un chico. Se llama Hermafrodito dormido, una escultura de Matteo Bonuccelli.

“Hermafrodito dormido”, de Mateo Bonuccelli

“Hermafrodito dormido”, de Mateo Bonuccelli

Bajo el epígrafe de Engañosas Apariencias, como Hermafrodito, está uno de los cuadros más perturbadores de El Prado. Se trata de la Maddalena Ventura, de Ribera, ese hombre barbudo y calvo que da de lactar con un pecho enorme y absurdo a un bebé. Responde a esa moda de los siglos XVI y XVII de retratar lo distinto: personas con alguna tara, enanos, lo que después se llamaría freaks. Sin embargo, a pesar de que es brutal, también está cargado de una compasión y una humanidad muy profundas. Maddalena Ventura sufría un transtorno llamado hirsutismo, un crecimiento excesivo del vello siguiendo un patrón masculino de distribución, pero eso, entonces, la convirtió en un fenómeno circense para la nobleza. Ribera captó su rostro agotado y triste, el rostro de alguien atrapado en un cuerpo que no le corresponde –soy varón, soy mujer, soy un tercero–, atenazado por el inagotable deseo de que alguien –tal vez tú– la vea detrás de esa fachada equivocada y la entienda.

“Maddalena Ventura”, de José de Ribera (1631)

“Maddalena Ventura”, de José de Ribera (1631)

Y, finalmente, ¿no es eso lo que queremos todos?.

El País – España