Opinión

Faceta política de la Reforma

8 agosto, 2017

“El hombre no puede ser hombre y más allá de ello ejercer o no tanto un poder; ejercer ese poder es esencial para él. A ello lo ha destinado el autor de su existencia.”

Romano Guardini

En Moral para intelectuales, libro del año 1909, Carlos Vaz Ferreira escribió sobre temas que sirven aún a fin de orientar nuestras acciones. Pienso en dos consejos que, al componer esas páginas, este filósofo uruguayo dirigió a sus conciudadanos: primero, ocuparse de la política; segundo, no convertir esto en una dedicación exclusiva. Sucede que, contando con varias dimensiones, una limitación tan rigurosa como aquélla podría considerarse negativa, perjudicial desde el punto de vista de la realización del ser humano. Lo han evidenciado épocas en las cuales ha predominado, casi de modo imperial, la política, pero también espacios donde la religión regulaba severamente nuestra vida. Recordemos lo que pasó en el medioevo, lapso que ofrece distintas lecciones acerca de cómo no se debe proceder si aspiramos a mejorar la convivencia. Con todo, concluyendo esa misma era, hace casi 500 años, se produjo un acontecimiento que ocasionaría cambios religiosos de trascendencia política: la Reforma protestante.

Purificar la religión

Las inquietudes de Martín Lutero son imprescindibles para entender lo que ocurrió en Europa. A él, en suma, le preocupaba que la religión se hubiese politizado. Tal como lo precisa Sheldon S. Wolin, Lutero estaba impulsado por el propósito de contribuir a que la Iglesia recuperase la pureza que los quehaceres y las mezquindades del poder habrían pervertido. Conforme a esta mirada, había dos males que debían ser cuestionados, justificando críticas del todo demoledoras. Así, por un lado, encontramos sus ataques a una estructura eclesiástica que no cumplía con ninguna de las misiones de índole divina, hallándose corrompida. Por otra parte, nos topamos con una censura de teorías que habrían sido perjudiciales para las verdades esenciales del cristianismo. Los escolásticos habían, pues, preferido las complicaciones innecesarias a la simpleza que contendría el texto bíblico. Tanto la burocracia institucional como los discursos de naturaleza oficial, añadiéndoseles conductas que irradiaban hipocresía, condujeron a ese teólogo al hastío. Pero la descontaminación que intentaba efectuar Lutero tenía un marco ineludible. Desde las 95 tesis que clavó en Wittenberg, el 31 de octubre del año 1517, la confrontación equivale a una lucha política. Por más pureza que le hubiese querido dar, el lenguaje de la fe tenía un tono político, el cual sería nutrido con sus alegatos. Los conceptos de autoridad, obediencia y orden no eran despreciados, ni mucho menos, cuando se decantaba por usar la palabra. Lo hacía para vituperar las instituciones, el ejercicio del magisterio gubernamental. Sin ambages, sostuvo que el Papa era un dictador; asimismo, reivindicó los derechos del creyente. En síntesis, la relación con el poder, que es central en política, le resultó importante para fundamentar sus posiciones. No obstante, su cruzada en favor del carácter autónomo de la religión contribuiría a una secularización que sería después condenada por su inmoralidad.

Desmoralizar la política

Despolitizar la religión implicaba igualmente liberar las actividades políticas de toda injerencia religiosa, desteologizarlas. Es el campo que se tornará fértil para las ideas contenidas en un libro escrito en 1513, antes del inicio de la Reforma: El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. Se procuró entonces un entendimiento de los asuntos ligados al poder que no consintiera ningún juicio valorativo; lo fundamental era describir, relegando afanes relacionados con la fe. Sin embargo, el surgimiento de una política autónoma, independiente del clero y sus prescripciones, no debía conllevar la ruptura con toda moralidad. Pasa que las normas de conducta en torno al bien no son exclusivas del ámbito religioso. Por más universales que pretendan ser, sus códigos no son el único criterio para sustentar éticamente la toma de nuestras decisiones. Esas normas pueden ponerse en cuestión, al igual que las autoridades encargadas de ampararlas. Mas el rechazo a esa u otra preceptiva moral no significa que se reivindique una vida de talante inescrupuloso. Es absurdo alentar un ejercicio de la política que se rehúse a cualquier ponderación ética.

Armonizar los poderes

El luteranismo no agota la Reforma; es más, sus críticas a las instituciones, tan explícitas cuanto subversivas, fueron contrarrestadas por Juan Calvino. Gracias a sus reflexiones y prácticas, el protestantismo incorpora la visión de un hombre preocupado por restaurar el respeto al orden político. El rechazo al sistema había provocado un aislamiento de comunidades que no deseaban sino una salvación espiritual. La dictadura de los anabaptistas en Münster, acaecida el año 1534, fue un ejemplo del extremo al que se podía llegar. Por este motivo, buscando una suerte de armonía entre ambos poderes, el calvinismo vuelve a confiar en el orden, la disciplina, esos sometimientos que toda sociedad precisa para su estabilidad. Ya no resultaba válido predicar que los gobernantes eran sólo represores, así como superfluos. Existían otras facetas que servían para los dos fines, político y religioso; en consecuencia, se debía instaurar una comunidad que albergarse ambos intereses. Aunque hallamos aspectos bastante sombríos, como el régimen autoritario que protagonizó Calvino, puede asociarse la Reforma con un ambiente propicio para los debates políticos. Porque muchas obras se publicaron y difundieron merced a las condiciones que brindaron regímenes adscritos a esa religión. Esto no tenía nada que ver con el menosprecio a las labores intelectuales de Lutero, para quien leer la Biblia era suficiente. Además del aporte a la libre circulación de ideas, el protestantismo permitirá contar con virtudes que, según Max Weber, fueron determinantes para forjar el espíritu del capitalismo. El trabajo, una existencia frugal, la creencia en el éxito como bendición divina, entre otros elementos, habrían originado una mentalidad proclive a esas relaciones económicas. Si bien hay quienes refutan esta tesis, es innegable que varios países en donde el dogmatismo ibero-católico dejó su impronta no han ofrecido un clima favorable para la llegada del desarrollo. En cualquier caso, sea o no aceptable esa conjetura, su legado es indiscutible.

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