Opinión

La ficción y la realidad

8 agosto, 2017

A más tardar desde Cervantes y Don Quijote se conoce la peligrosidad social y política que está inmersa en toda literatura, sobre todo en las grandes obras de ficción. Por algo Platón, en su República, hace 2400 años había decretado el destierro de los poetas y la prohibición de las bellas letras, porque podían poner en cuestión su utopía perfecta. Homero y Hesíodo, sobre todo, fueron condenados al olvido porque sus lectores podían dudar de la omnipotencia y de la sapiencia de los dioses, es decir: de las autoridades. La lista de novelistas, poetas y fabuladores que estuvieron prohibidos en la Unión Soviética y en otros países del régimen socialista, era inmensa e incluía a los autores más ilustres, como Franz Kafka y Albert Camus.

Sobre esta temática Mario Vargas Llosa ha publicado numerosos ensayos y artículos. Su brillante ensayo, La tentación de lo imposible, es como un resumen de su teoría, explicitada en un hermoso análisis de Victor Hugo y su gran novela Los miserables. La literatura que merece este nombre ( y no los tediosos experimentos de escribidores adscritos al postmodernismo y tendencias afines) despierta en sus lectores un sentimiento de insatisfacción con la realidad y un anhelo de alcanzar la perfección prefigurada y celebrada por las fábulas, los dramas, la poesía y los relatos de alta calidad. El anhelo de modelar la prosaica realidad cotidiana de acuerdo a las ficciones determina un paradigma de idealismo, generosidad y hasta sacrificio, paradigma que casi nunca abandona el plano de lo teórico, como se decía en épocas clásicas. Pero aun así nos hace la vida diaria más llevadera y menos gris, lo que no es poca cosa como resultado de leer libros.

Como asevera Vargas Llosa, no hay duda acerca del papel digno y honroso que pueden jugar las grandes invenciones literarias y artísticas. Nos ayudan a comprender las imperfecciones y los horrores del orden social. Son ellas las que nos hacen vivir una existencia más rica, apasionada, intensa y fascinante que aquella que nos ofrece la vida cotidiana. En base a ellas concebimos un mundo más justo, racional y bello que aquel en el que vivimos. Hacen retroceder la barbarie y brindan un sentido a la historia. Pero el peligro reside en que a veces los lectores toman estas creaciones demasiado en serio y borran las diferencias entre ficción y realidad, entre literatura y vida diaria.

Hoy en día casi nadie se preocupa por las grandes obras del arte y la literatura. Pero ha surgido algo más grave aún. Las películas, las telenovelas y otros productos irradiados por los medios masivos de comunicación han hecho conocer al grueso público del Tercer Mundo un modelo civilizatorio signado por el alto nivel de vida y el consumismo irrefrenable. Y todo esto aparece ahora ante los ojos de los ingenuos como algo fácilmente asequible si hay la voluntad política correspondiente. A esto se une la idea moderna de que la tecnología puede transformar en factible todo designio humano. Algunos de los problemas que aquejan a Bolivia en los últimos tiempos tienen que ver directamente con la ilusión de que el progreso humano es algo que se halla al alcance de la mano para las llamadas mayorías nacionales, y que sólo la perfidia de los intereses externos ( y sus lacayos nacionales) impide su realización práctica. Siguiendo el relato bíblico sobre el maná, se supone que el gas y el petróleo producirán una abundancia de rentas e ingresos, que lloverá del cielo sin esfuerzo propio y caerá de manera equitativa y democráticamente distribuida sobre toda la población. Lo que concuerda, finalmente, con uno de los “mitos profundos” de Bolivia, como decía Guillermo Francovich: el país es riquísimo en recursos naturales y sólo falta una adecuada política para que sean utilizados en provecho de toda la sociedad. De estas ficciones vive el alma popular, que a menudo y en épocas grises sucumbe a la tentación de lo imposible.

Adelante Bolivia

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