Opinión

Venezuela: La gran batalla de nuestra generación

10 agosto, 2017

Toda generación cumple un rol histórico; quienes en los setentas y ochentas lucharon contra las dictaduras en América Latina, dieron la vida para regalar democracia al continente. Durante los noventa, la generación del Consenso de Washington nos dejó una región con instituciones en proceso de construcción y cristalización. Claro que hubieron fallas sustantivas: una tremenda desigualdad acompañada de una muy visible exclusión política de las mayorías; por lo que le tocó a la generación del “giro a la izquierda” de los dos mil intentar resolver problema, trayendo consigo una ola de inclusión popular a todo nivel.

Sin embargo, el latinoamericanismo de izquierdas también arrastró crasos errores que, naturalmente,  terminó llevándolos a una decadencia relativamente temprana: pensaron que la bonanza económica se debió a sus políticas económicas más que a factores externos; mal adivinaron que sus funcionarios eran “incorruptibles” sólo por el hecho de pensarse como administraciones más “cercanas” a la gente; e inclusive, en algunos casos, llegaron a la conclusión de que cercenar paulatinamente las libertades políticas y ciudadanas de sus críticos y el tornarse cada vez más autoritarios, les garantizaría la holgura suficiente como para consolidar aquella “justicia social” que tanto dijeron haber traído consigo.

Lamentablemente, el epítome de todo ese cúmulo de fracasos, retrocesos y oportunidades desperdiciadas, de despilfarro y sobre estimaciones, de una mezcla de simplismo político y sinvergüenzura con un exceso de bicromatismo cerebral, hoy manifiesta sus más graves consecuencias en un país que lo resume todo: la Venezuela de Nicolás Maduro.

Una ya confirmada abstención de la mayoría de los venezolanos a votar por una ilegitima Asamblea Constituyente, que sólo tiene el penoso reconocimiento oficial de 4 países en el mundo; el grosero fraude de al menos un millón de votos recientemente probado por la empresa encargada del recuento; la usurpación de funciones de órganos autónomos del Estado por parte del poder central como la Asamblea Nacional y la Fiscalía General; los 620 presos políticos y los más de 100 muertos en los últimos meses de protestas, todo forma parte del oleaje y la sacramentación de lo que muchos analistas intentan escamotear de sus opiniones: Venezuela ya se ha transformado, con escaza posibilidad de equivocarnos, en la segunda Dictadura plena en nuestro continente (junto a la cubana).

Para todo quien tenga alguna preferencia por la libertad, la justicia y la democracia por sobre otros estilos de vida, la venezolana será, sin duda alguna, la gran batalla continental que le toca librar a nuestra generación. Ya no se trata de un país no fronterizo con el nuestro que, desde que Chávez saltó a la escena, hemos visto con curiosidad y durante décadas cómo cada día fue cayendo en un hueco más profundo que el anterior. Ahora es distinto, ahora el evitar que se perpetúe una sangrienta dictadura más en el hemisferio (y que la misma no contagie a otras latitudes) ya ha dejado de ser un tema más a tratar en poco productivas cumbres y foros internacionales, sino que ya es un problema de todos.

Apoyar a la recuperación de la libertad en Venezuela (ergo, en sus países “satélite” y otros) es por lo que finalmente vamos a ser recordados, por esto más que por cualquier otra cosa, de acá hasta que dejen de existir los libros de historia. Ojo… no como individuos, si no como generación toda, misma que hoy tiene, como todas las anteriores, la tarea de forjar el destino de su propia época, como Latinoamericanos, como los nacidos en democracia que muchos somos y como ciudadanos preocupados, conscientes  y constantemente enterados de lo que pasa en el mundo.

Nuestro rol en las páginas escritas del futuro sobre lo que ocurre hoy en el hermano país, definirán si el día de mañana seremos la generación recordada como la que levantó las manos y dejó morir a todo un pueblo, la que no tuvo la fuerza suficiente para frenar una restauración dictatorial igual a las que tantos sacrificios ya le costaron en el siglo pasado a nuestra América, o la que resistió, presionó, luchó y finalmente venció a este nuevo embate autoritario.

Es momento de hacer un compromiso como sociedad, como la “patria grande” que tanto se menciona, como seres humanos. Venezuela no puede sumirse en el caos y la desolación en nuestras narices. Permitirlo, no solo dejaría mucho que desear de las nuevas generaciones, sino que abriría las puertas a que otros gobiernos decidan finalmente jugársela por tomar el mismo rumbo. Al menos yo no estoy dispuesto a dejárselas tan fácil. Todo sirve para ayudar, todo…menos el silencio y la resignación.

 

José Manuel Ormachea es politólogo

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