Opinión

Por qué Zavaleta Mercado me parece hoy anacrónico

11 Agosto, 2017

René Zavaleta Mercado (1937-1984) es un clásico de las ciencias sociales bolivianas y el marxista más ilustre que ha dado el país. Por ello puede sonar muy extraño y hasta confuso que yo califique a su obra teórica como anacrónica. Pudiendo equivocarme fácilmente, sostengo que los pensadores izquierdistas latinoamericanos y bolivianos – y Zavaleta no fue, lamentablemente, una excepción a esta corriente – no contribuyeron a la creación de un marxismo genuinamente crítico y, en cambio, usaron esta doctrina como un instrumento para allanar su camino al poder político. Las creaciones institucionales y el espíritu crítico que había generado el racionalismo a partir del siglo XVIII resultaron indiferentes a los marxistas de la época zavaletiana. Esta es la carencia principal: un marxismo sin humanismo, el cual siempre ha sido una planta mal adaptada al clima local. El racionalismo occidental obliga a poner en cuestión lo obvio y sobreentendido y también los fundamentos de la propia conciencia. Esto es probablemente lo que molestaba a Zavaleta Mercado y a los intelectuales izquierdistas.

Pese a todo su talento, Zavaleta no practicó una actitud crítico-analítica con respecto a una modernización autoritaria, dirigida por un aparato estatal-burocrático centralizado y exento de controles democráticos. No lo hizo con respecto al gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia (1952-1964) y tampoco con referencia a ningún régimen socialista a nivel mundial. Para él las libertades individuales, el Estado de derecho y el pluralismo ideológico eran fenómenos muy secundarios. Lo importante para Zavaleta era el derecho del Estado de disponer sobre todos los recursos materiales y humanos en pro de las grandes metas históricas. Estas últimas eran definidas por una pequeña élite de iluminados, que, sin consultar a las masas, definía en nombre de estas el futuro de la nación.

En todos sus escritos Zavaleta deja vislumbrar, sin hacerlo premeditadamente, sus ideas vitalistas y teluristas, sus inclinaciones autoritarias, su apego a tendencias elitistas y tecnocráticas, su desdén por la proporcionalidad de los medios y su curiosa fidelidad a una ortodoxia marxista: la propalada en su época por la Unión Soviética (repetida sin sorpresas por el régimen cubano) y suavizada por Antonio Gramsci. Algunos de estos aspectos pertenecen al núcleo de las tradiciones culturales bolivianas y latinoamericanas en la difusa esfera del pensamiento izquierdista. Zavaleta no fue, en este sentido, un innovador. Por ello es que él aparece hoy como un cientista social que se consagra a temas que tienen una relevancia restringida y hasta anticuada a nivel internacional, como el sujeto revolucionario, el partido-vanguardia, la autodeterminación de las masas, el poder dual y otros similares. Estos constituyeron los problemas clásicos de la izquierda marxista tradicional y fueron muy discutidos en la primera mitad del siglo XX, pero hoy no interesan a los sectores sociales relevantes ni tampoco tocan fibras emotivas de las masas juveniles contemporáneas. Además: Zavaleta propugnaba enfáticamente la autodeterminación de las masas, pero, como casi todos los intelectuales progresistas, establecía al mismo tiempo la imperiosa necesidad del partido-vanguardia que conduzca al proletariado de modo certero y firme.

Zavaleta no abordó los grandes acontecimientos que ya se debatieron durante su vida y que ahora son determinantes en el debate intelectual: la crisis ecológica, la expansión de los estratos medios, el surgimiento de nuevos actores con peso mundial (como varios países asiáticos) y la revolución tecnológica (con sus consecuencias sociopolíticas). Lo que pasó con el colapso del sistema socialista a nivel mundial (1989-1991) o lo que sucede actualmente con el éxito económico y comercial – de carácter capitalista – en países oficialmente comunistas como China y Vietnam nos muestra, en el fondo, la poca capacidad explicativa de doctrinas como el marxismo o el nacionalismo revolucionario, que fueron los dos impulsos conceptuales más importantes de Zavaleta. Resumiendo la tesis central de este artículo, creo poder afirmar que las doctrinas basadas en el marxismo y en enfoques afines no han resistido la prueba de los tiempos y los embates de la prosaica realidad cotidiana.

H. C. F. Mansilla es filósofo, escritor y cientista social

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