Opinión

En busca del diálogo democrático

21 agosto, 2017

No hay vida, no hay ciencia o filosofía y no hay democracia sin diálogo. Pero éste debe cumplir con algunas condiciones para ser eficaz.

En 1948, dirigiéndose a escritores de varias partes del planeta, un joven Albert Camus afirmó que no hay vida sin diálogo.

 

La frase puede parecer exagerada, una de las tantas poses que han distinguido a charlatanes e ilusionistas del crecimiento espiritual. La situación era diferente con el autor de Calígula. La comunicación no había sido para él un asunto irrelevante. Hombre de letras y conceptos, no tuvo en la madre, tan sorda como analfabeta, a una interlocutora que pudiera recibir sus mensajes del mejor modo deseable.

 

Este infortunio convertía la conversación en un bien que no podía sino ser valorado positivamente.
Aun cuando quien nos escucha no acostumbre visitar nuestros dominios culturales, puede ofrecernos un acompañamiento capaz de contribuir a una existencia dichosa.

 

No nos limitemos a pensar en algún familiar, amigo, colega o correligionario: alguien que pueda ofrecernos una segura coincidencia. Porque la ventaja es que, salvo en casos de inhumanidad, se puede establecer diálogo con cualquiera.

 

Insuficiencia de la soledad

 

No niego que la soledad tenga beneficios de amplio espectro, y que sin ella un hombre estaría incompleto. Muchos pensamientos son forjados así, en un apartamiento voluntario, al intentar concebir soluciones sin más recursos que los nuestros.

 

Sin embargo, el contacto con los demás nos sirve para no distanciarnos del conjunto de problemas ligados a nuestra ineludible convivencia. Aunque la arrogancia o el romanticismo de los ermitaños pretenda restarle validez, romper todo vínculo social es un despropósito. No solo el precisar a los demás para satisfacer necesidades básicas torna inconducente cualquier robinsonismo.

Naturalmente, estas realizaciones son importantes. Pero hallamos también un requerimiento de orden humano que nos hace precisar del semejante. El famoso mandato de “conocerse a sí mismo”, cuestionado por Hegel porque impondría el aislamiento del mundo, nunca sería cumplido sin ver, tratar y conversar con los demás.

 

En pos de la verdad

 

En la frondosa e inagotable busca de la verdad, nos encontramos con distintos aventureros. Más de uno ha sentido el impulso de incrementar sus conocimientos, pero asimismo de mejorarlos.

 

Esto último requiere revisar todo, hasta las razones de nuestras mayores creencias.

 

Por correr el riesgo de quedarse sin ninguna certidumbre, Ortega y Gasset no ha dudado en hablar del heroísmo cuando se procede con este ahínco.

 

Mas es absurdo suponer el carácter aislado de nuestra gesta. Existe un acervo, forjado por los que nos antecedieron en estas interrogaciones, del cual no tiene sentido marginarse.

 

Es una necedad pretender que cada uno deba repetir los errores del pasado; lo aconsejable pasa por aprender de las experiencias ajenas.  Esto lo conseguimos a través de la comunicación y sin generar conflictos en nuestro medio.

 

Pasa que, mientras el acto de conocer tiene carácter personal, según Mario Bunge, todo conocimiento es social. Pocas cosas son tan sensatas como valernos de esa conexión.

 

Intercambio reflexivo y poder

 

No basta con propiciar algún intercambio de palabras con otra persona. Necesitamos, pues, de una comunicación reflexiva con los demás, excepto si pretendemos ocasionar confusiones y, por otra parte, tornar inviable cualquier solución a problemas comunes.

 

Esto último tiene que ver con la política, terreno en donde, según palabras de Camus, el diálogo ha sido remplazado por la polémica y el insulto. Así, tanto en el siglo XX como actualmente, el uso de la palabra frente al prójimo tiene otras características. Ello resulta significativo cuando hablamos de la democracia, un régimen político en que los diálogos, las deliberaciones son imprescindibles.

 

Sé que, sin grandes reparos, puede invocarse dicho concepto, reivindicándoselo en público y con vehemencia. Empero, la historia no es mezquina en ejemplos de utilización del diálogo con fines contrarios a los que les son propios. Su prestigio es tal que se falsifica su consumación. Al final, el objetivo es simular que se hacen esfuerzos para resolver disputas.

 

Al margen del fingimiento, conviene apuntar lo que perjudica y, además, favorece el diálogo en la esfera de los asuntos públicos. El elemento más negativo es  la violencia. La fuerza puede impedir el inicio, la continuación o la conclusión de las conversaciones, los parlamentos y los debates, pese a que estos, si están basados en ideas, no deberían desencadenar ningún temor.

 

Otro asunto negativo es la mentira. Idealmente, todo diálogo tiene que ser establecido en procura de acercarse a la verdad, de aproximarnos, con buena voluntad, a un punto gracias al cual la realidad se torne comprensible. Es imposible hablar con alguien que no tenga ese propósito.

 

Por último, no es vano identificar algunas condiciones que son necesarias para el diálogo. La primera tiene que ver con la preparación de quienes intervienen en el diálogo. Es imprescindible que ambas partes usen su cerebro, ejercitándolo mediante discusiones y alimentándolo con información. Es un requisito que se debe tener en cuenta.

 

Si tiene usted, por ejemplo, a dos parlamentarios con escasa capacidad analítica e ínfimos conocimientos, es improbable que su intercambio sea fructífero. No planteo que en este caso la comunicación sea impracticable; desconfío de su eficacia.

 

Por otra parte, debemos descartar la pretensión de lograr siempre plenos acuerdos sobre aquello que dialogamos. Es mejor aspirar a grados de coincidencia y no suponer que cualquier distanciamiento equivale al fracaso.

 

Mientras haya buena fe en ambas partes, las soluciones parciales no deben considerarse nulas. Éstas nos dejan igualmente una enseñanza que posibilitará nuestro avance.

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