Opinión

Titivillus

29 agosto, 2017

Aldo Solé Obaldía

De toda la fauna que compone el bestiario demológico medieval, el más simpático, sin duda, es Titivillus o Tutivillus. Ya desde el nombre, parece un demonio pintoresco, como particular es la tarea que le encomendó Satanás. Se lo había denominado como “demonio patrón de los escribas”, lo que nos recuerda, que, así como había ángeles y santos para inspirarnos y guiarnos debidamente en cada oficio, también había demonios para estragar el trabajo, al menos en los oficios más valiosos. En los hechos, su función escatológica era clara, justificar los errores y descuidos, ahí donde una labor se efectuaba supuestamente bajo inspiración divina.

En una época, como la medieval, donde la inmensa mayoría de las personas eran analfabetas y la mayoría de los letrados eran clérigos; cuando la Iglesia Católica promovía y se favorecía de la ignorancia de las masas; en una sociedad oscurantista y teocrática, con un poder religiosos avasallante y celoso de sus determinaciones y donde se carecía de imprenta, los monasterios se convertían en lugares de preservación de la cultura y el legado de toda la literatura antigua.

Los monjes, dedicados en los monasterios a la tarea de copistas, cumplieron una función imprescindible para las edades futuras. Era una sociedad sin tiempo. La vida de un monje copista estaba casi enteramente dedicada a copiar a mano, libros generalmente voluminosos, obras como La Biblia. Su día comenzaba con las primeras luces del día y su rutina era apenas complementada por las oraciones y los momentos para la comida. Y por la noche, continuaba junto a un velón en su solitaria tarea de ser bisagra entre distintas épocas y culturas. Su tarea era más la de un artista que la de un artesano. Los pocos libros existentes, eran extremadamente valiosos, llegando a veces a incluir piezas de orfebrerías en sus cubiertas. La caligrafía exquisita era complementada con delicadas ilustraciones, generalmente miniaturistas. En una sociedad enferma con un dogma sexofóbico, y en un oficio clerical que implicaba el voto de castidad, la labor de copista era ideal para alejarse de las tentaciones y, de hecho, lo veían como parte de los ejercicios espirituales que los mantenían en el estado de pureza que anhelaban.

Pero, por más estado de pureza y concentración en su arte y por más inspiración divina, y aún, sin el desarrollo de una ortografía precisa, a veces, el copista cometía errores, omitía o repetía palabras o se salteaba letras.

Y eso tenía una obvia explicación: las travesuras de Tititvillus, que distraía al copista soplando al oído palabras mal dichas y sacándolo de su estado místico.

La primera referencia a Titivillus, por su nombre, es en un penitencial del siglo XIII: el Tractatus de Penitentia, de 1285, de John Galensis (Juan de Gales).

Y también se le atribuía a este travieso demonio, las distracciones, las murmuraciones y los bostezos en los oficios religiosos. Era la excusa perfecta para evitar la reprimenda en una sociedad infantil. Y por eso mismo, era un argumento sincero de aquellos ingenuos protagonistas que oscuros tiempos.

En el Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas de Burgos, existe una tabla de 1485, atribuida a Diego de la Cruz, donde, sobre el manto protector de la Virgen de la Misericordia, aparecen dos diablillos, uno de los cuales lleva un atado de libros a la espalda, que para los historiadores actuales, representa claramente a Titivillus, el intelectual de los demonios.

Titivillus adquirió un amplio papel como figura subversiva en la comedia, mediante comentarios satíricos sobre las vanidades humanas, en teatros de misterio de finales del medievo inglés, como el Iudicium que termina el Ciclo de Towneley.

En un tratado devocional inglés anónimo del siglo xvMyroure of Oure Ladye, Titivillus se presenta a sí mismo como (I.xx.54): “Mi nombre es Tytyvyllus …”, y habla de errores, comiéndose sílabas y palabras enteras.

Marc Drogin señala en su manual de Medieval Calligraphy: Its history and technique que “durante el último medio siglo, todas las ediciones del Oxford English Dictionary han incluido alguna referencia de página incorrecta con una primera mención de Titivillus a pie de página”.

Y es que, en nuestra era, tan contradictoria, donde conviven el exceso de información con la ignorancia y la frivolidad; mundo en el que nos comunicamos valiéndonos de sofisticada tecnología para enviar mensajes entrecortados con palabras abreviadas a las que hay que acostumbrarse a descifrar; donde los universitarios escriben con faltas de ortografías, Titivillus debe de estar más activo que nunca.

Me lo imagino recorriendo los pasillos del Palacio Legislativo del Uruguay, soplándole a los legisladores que redactan con mucho entusiasmo leyes, que cada tanto, la Suprema Corte de Justicia las declara inconstitucionales.

En este parlamento uruguayo, Titivillus, sin duda, se debe de sentir como en su propia casa, con una senadora que parece la reencarnación de Juana de Arco, gritando a los cuatro vientos que vio un título que no existe sobre una licenciatura que no existe, porque ella tiene el don que le otorgó la divina providencia para ver lo que los demás no ven.

Un tiempo antes, otra senadora fue fotografiada durmiendo plácidamente una siesta en medio de una sesión parlamentaria. “No estaba durmiendo”, dijo. “Es que tengo parpadeo largo”. Claro, atribuírselo a Titivillus hubiera sido políticamente incorrecto.

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