Opinión

¿A qué precio?

4 septiembre, 2017

El café del Club de La Paz tiene un sector conocido popularmente como el muro de los lamentos. Desde principios del siglo XX los intelectuales y políticos bolivianos se reunían ahí para hablar sobre el catastrófico porvenir de Bolivia. Entre los miembros ilustres del muro de los lamentos encontramos a Mamerto Urriolagoitia y Enrique Hertzog, entre otros. Imaginemos ése muro de los lamentos como un elemento simbólico que podemos desplegarlo a cualquier parte del país por ejemplo al oriente boliviano.

 

Es en Santa Cruz de la Sierra en un prestigioso hotel del segundo anillo donde el muro de los lamentos hace presencia discutimos con algunos amigos que tienen un apego casi amoroso al tabaco (viciosos) sobre el futuro de Bolivia. La primera reacción es una carcajada desaforada, ya que hay que tocar el tema con seriedad. Lo que nos llama la atención es el desprecio gubernamental por la naturaleza, todo indica que no podemos aprender del desabastecimiento de agua en la ciudad de La Paz y del casi eterno problema de Cochabamba por el líquido elemento. Las hidroeléctricas que son parte de los proyectos gubernamentales inundaran grandes sectores de bosques y selvas, destruyendo consigo a fauna y flora. La carretera que pasará por el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure será la entrada para extractivistas de recursos naturales de toda laya y permitirá en un futuro explotar los recursos de las demás áreas protegidas del país.

 

Las elecciones judiciales son un chiste mal contado del impulso revolucionario del gobierno, parece que la clase política olvida el 60% de votos blancos o nulos y los magistrados elegidos gozan de muy baja legitimidad. El proceso de selección de magistrados por parte de la Asamblea Legislativa Plurinacional nos confirma el excelente estudio y descripción de los parlamentarios bolivianos llevado a cabo por Manuel Rigoberto Paredes en Política Parlamentaria en Bolivia donde menciona: “La ineptitud intelectual constituye en política una gran cualidad”. Las actuaciones del oficialismo y la oposición son totalmente deleznables, convirtiéndose en la muestra de chabacanería popular que forma los espacios de entretenimiento de los noticieros. Las elecciones judiciales son la toma del órgano judicial y que se resiste a ser reformado. Pensar que con una elección de distinguidos desconocidos el sistema judicial llegue a mejorar es parte de la ingenuidad revolucionaria.

 

En vista de que nos encontramos cerca de elecciones generales es jocoso ver que las encuestas manejan como grandes candidatos a Calos Mesa Gisbert quien no tiene intenciones de postularse a la presidencia y Evo Morales Aima quien se encuentra imposibilitado por la constitución y el referéndum del 21F. El resto simplemente se encuentran nombrados por figurar y en ellos se puede aplicar una máxima de Ludwing von Mises: “lo peor que le puede pasar a un socialista es que su país sea gobernado por socialistas que no son sus amigos”.

 

Al caer la velada vino la profecía apocalíptica, nos inspiramos en Quevedo y su famoso “creyendo lo peor, casi siempre se acierta”. El peor de los escenarios posibles es que se cancelen las elecciones generales y que el 22 de enero de 2020 sesione la Asamblea Constituyente la cual será conformada por los actuales parlamentarios donde el MAS tiene mayoría. Recordemos que la ALP ya cuenta con representantes indígenas y es posible que abran un pequeño espacio para representantes de los movimientos sociales afines al gobierno. La excusa para tal bajeza e infamia sería que la actual constitución no fue la originaria de Sucre, ni de Oruro, tuvo que pasar por manos del parlamento neoliberal quienes hicieron modificaciones que no logran que avance la revolución democrática y cultural. Esperamos errar en la profecía. Sin embargo, nos llama la atención el hecho de que el fanatismo se apodera de la política. Un ejemplo de ese accionar son declaraciones como: “no soy del MAS, soy evista”, “sin Evo no hay futuro” que fácilmente son muy parecidas a: “no soy del Partido Nacional Socialista Alemán, soy hitleriano”, “sin el Führer no hay futuro”.

 

¿A qué precio? Al de nuestras libertades y la democracia. Así descubriremos que las revoluciones no dialogan ni debaten.

 

 

 

Jorge Roberto Márquez Meruvia es politólogo, Subdirector de Gaceta Hoy

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