Opinión

Socialismo coprológico

4 septiembre, 2017

Tras el rotundo fracaso de absolutamente todas las experiencias socialistas en el siglo XX, los seguidores de esta tendencia en los últimos años han ensayado agregar diversos “apellidos” diferenciadores, sugiriendo que este es un socialismo distinto que sí funcionará.

El artilugio ha dado nacimiento, por ejemplo, al socialismo bolivariano en Venezuela, que ya ha demostrado su capacidad destructiva como nueva versión de ese “Camino de servidumbre” sobre el que advertía el nunca suficientemente leído Friedrich Hayek.

Un 720% de inflación en lo que va del año y un 54% de los niños con deficiencia nutricional dan cuenta del fracaso económico y social del chavismo.

En Bolivia se ha hablado, sobre todo por boca del sofista mayor del régimen, Álvaro García Linera, de socialismo “comunitario”, aludiendo a un supuesto modelo que rearticularía la economía estatal, la privada y la correspondiente a las comunidades indígenas.

Esto, idealizando un teórico colectivismo inconsistente con la fuerte integración en el capitalismo mercantil que moldea la vida de estas comunidades.

Tal vez, el apelativo más adecuado para definir al socialismo puesto en marcha por el gobierno boliviano sería otro. Teniendo en cuenta tanto el reciente desafío de Evo Morales a dos ex presidentes, invitándolos a “hacer caquita” en el monte del TIPNIS, como sus declaraciones de hace cinco años atrás, afirmando que “tener relaciones con Estados Unidos es una caca”, podríamos adosarle con justicia el adjetivo “coprológico” (relativo al examen de heces).

Esto sería más coherente con las tesis presidenciales sobre el desbloqueo de inodoros y otras metáforas cloacales.

En otro plano de discusión, con la expresión “socialismo coprológico” también se daría cuenta de aspectos francamente nauseabundos del régimen, como el récord histórico de exiliados según cifras de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados), los más de cien muertos en diversos focos de violencia política alentados desde el poder central, la hiper-corrupción multimillonaria, la sistemática deconstrucción de las instituciones republicanas y los nexos de numerosos militantes oficialistas con el narcotráfico.

Coprológicas han sido las “maniobras envolventes” de las que se jactan estos émulos de Nicolás Maquiavelo y Joseph Goebbels, simples engaños destinados al copamiento hegemónico del poder, o el sacrificio metódico de mandos medios y hasta de ex consortes (ver caso Zapata) como chivos expiatorios en los múltiples casos de irregularidades.

Y, por supuesto, tenemos la traición coprológica a los pueblos indígenas, utilizados como escalera para el ascenso al gobierno y luego apuñalados por la espalda con reiteración, ya fuera con el desvío de los 276 tractores de la “mecanización del agro”, el gigantesco desfalco en el Fondioc o, ahora, con la renovada tangibilidad del TIPNIS, que condenará a los habitantes de la zona a verse reducidos a la condición de pisacocas al servicio de los barones del Chapare, como trágicamente ha sucedido con muchos yuracaré, sometidos a un lento etnocidio en el Trópico de Cochabamba.

Emilio Martínez Cardona es escritor y analista político

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