Opinión

Con lo bien que estábamos cuando la Tierra era plana

7 septiembre, 2017

La inquisición de lo políticamente correcto declara enermigo a Colón. Ahora es en Los Ángeles

El Ayuntamiento de Los Ángeles ha decidido cambiar de denominación la festividad del Día de Colón —el segundo lunes de octubre— por la de Día de los Pueblos Indígenas. Tras una intensa discusión, pero una votación abrumadoramente partidaria de eliminar el nombre de Colón, el Consistorio ha tomado esta decisión basándose en la muerte de indígenas a manos de las tropas que viajaban con el navegante y la posterior dominación española —Portugal parece que, por ahora, se libra— del continente americano. Son cosas que pasan cuando se aplican a la historia un kilo de corrección política y cuarto y mitad de ignorancia.

El concejal firmante de la medida es Mitch O’Farrell, pero que el lector no se deje arrastrar por los prejuicios culturales fruto de su educación sesgada. A pesar del nombre inglés y del apellido irlandés, O’Fanell pertenece a la tribu Wyandotte de Oklahoma. Tal vez fruto de ese mestizaje —esta palabra sí es políticamente correcta—, O’Farrell y sus compañeros —perdón, pero la imagen inevitablemente evoca un pub y no un tipi, los prejuicios…— han aprobado cambiar solo el nombre pero han dejado el día libre. Lo coherente hubiera sido suprimir también la fiesta. Al fin y al cabo el calendario laboral es un invento occidental, pero tal vez estén preparando el siguiente paso lógico en esta senda ilógica: suprimir los nombres de Los Ángeles y el Estado de California, ambos de indudable origen colonial. Y pedir que la Tierra vuelva a ser plana, que en América todo era paz.

Algo pasa con Colón. De nada ha servido para aplacar el celo de O’Farrell que el navegante —llamarle descubridor es políticamente incorrecto— jamás supiera de la existencia de la tribu Wyandotte y casi hasta el final ni siquiera de América. Hace unos años, Hugo Chávez —nombre y apellidos indudablemente indígenas— preguntó a Cristina Fernández —otro apellido autóctono— señalando su estatua en Buenos Aires: “¿Qué hace ahí ese genocida?”. Fernández la derribó. Y aunque se discuta de dónde era Colón, solo los italianos protestaron. Punto para il belpaese.

Hagamos ahora el mismo ejercicio que los concejales de Los Ángeles pero a la inversa. En vez de llevar nuestro discurso social al siglo XV traigamos a Colón al XXI. Imaginemos que hoy un hombre joven se empeña en decir que la Tierra está hueca y que puede demostrarlo. Viaja a Washington, Moscú y Pekín y logra exponer su tesis en la Casa Blanca, el Kremlin y la Ciudad Prohibida. Pide solo que, aunque piensen que lo que dice es un disparate, le financien una expedición. Al final uno de los presidentes acepta, porque le cree o piensa que no tiene nada que perder o por quitárselo de encima. Y resulta que la Tierra es hueca y además habitable y eso cambia absolutamente toda la concepción geográfica, económica y social del resto del planeta. ¿Qué diríamos de esa persona? A gente viva que ha hecho muchísimo menos les llamamos visionarios y genios.

La moderna Inquisición ahora ejercita la damnatio memoriae contra Colón. Que se vaya preparando Erik el Rojo.

El País

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