Opinión

Cocinas revolucionarias

13 septiembre, 2017

La Internacional Narco-Populista ya tiene nuevas trincheras de lucha: son las “cocinas”, nombre con el que se conoce en Argentina a los laboratorios de fabricación de cocaína que proliferaron durante el kirchnerismo.

Así se confiesa en los grafitis pintados por los agitadores K, que por estos días enarbolan el nombre de Santiago Maldonado para desestabilizar a lo que consideran la “dictadura macrista”.

“Cada cocina es una célula revolucionaria”, rezan las pintadas, entre otras de carácter antisemita donde se lee “Macri sionista”.

Estos grafitis son un lapsus de sinceridad proveniente de un movimiento que tiene expresión política en muchos países del continente, donde una ideología socialista de tintes totalitarios va de la mano de cierta articulación con el narcotráfico.

En el vecino país se estima que existen más de 300 “cocinas”, muchas de ellas instaladas en la provincia de Buenos Aires, bastión electoral de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La materia prima que se procesa en estos módulos de producción proviene en gran medida de Bolivia, más precisamente del Chapare, feudo político y sindical de Evo Morales. Esto se deduce de los datos oficializados por el propio régimen evista, según los cuales Bolivia exporta anualmente hacia Argentina casi 1.400 toneladas de coca.

Es presumible que el negocio de las “cocinas” haya apoyado financieramente a varias de las movilizaciones violentas registradas en Argentina en fechas recientes, sobre todo tras la declaratoria de guerra al narcotráfico hecha por Mauricio Macri el 22 de julio, cuando pidió “echar a patadas a los narcos”.

Todo esto es funcional a la agenda de caos que el kirchnerismo parece decidido a fogonear hasta las elecciones legislativas de octubre, como única carta de sobrevivencia política para la cleptocrática ex mandataria que acaudilla esa facción del socialismo del siglo XXI.

Para ciertos sectores ultrakirchneristas esto podría tener un objetivo más amplio, como se desprende de las palabras de Fernando Esteche, cofundador junto con el ex vicepresidente Amado Boudou de Patria Para Todos: “Vamos a provocar la crisis y construir la salida a esa crisis. (…) Por lo tanto, vamos a hacer lo posible para no dejarlos gobernar. (…) Este gobierno va hacia una crisis segura, que ayudaremos a desatar. (…) Es un gobierno que va a caer, y que vamos a ayudar a que se caiga”.

Más allá de la política interna de la Argentina, es evidente que esto también es funcional para otros actores del bloque narco-populista. Para la dictadura de Nicolás Maduro, parte de su “fuga hacia adelante” pasa por espolear la agitación en países que se han liberado recientemente del dominio de sus aliados, lo que también vale para el Brasil.

Esto le facilita la propaganda confusionista con la que opera una suerte de transferencia freudiana, achacándoles sus propios males a gobiernos democráticos y constitucionales, a los que tilda de golpistas y autoritarios.

De igual manera, los 153 muertos de la represión chavista, las más de 1.500 detenciones y los 620 presos políticos, varios de ellos virtualmente desaparecidos, son invisibilizados por medios de comunicación afines que utilizan para esto el caso de Maldonado, que debe investigarse en profundidad pero no convertirse en elemento de distorsión de la realidad.

Emilio Martínez Cardona es escritor y analista político

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