Opinión

Ese credo llamado revolución

13 septiembre, 2017

El mundo está asentado sobre bases que no son inmutables. Eso ha permitido cambios cada cierto tiempo, superando estadios salvajes, sociedades hostiles, modelos de abuso y crimen. En la mayoría de los casos, los mencionados problemas han sido identificados como incorrecciones o injusticias, por lo tanto la necesidad de transformaciones se convirtió en un motor de mentes, cuerpos y voluntades.

Las referidas modificaciones no fueron ni son fruto de casualidades, tampoco se consiguen con posiciones de espectador; hay un ingreso que hacen los hombres al campo –de juego o de batalla- para alcanzar sus fines. El asunto es que, ya sea por la imposibilidad de la espera o por el tamaño atroz de la injusticia, se hace necesario un movimiento súbito, capaz de aniquilar el pasado considerado nefasto y reiniciar el funcionamiento de la sociedad: la revolución.

Asumo que en algunos círculos el término se usa de manera muy ligera. La revolución en su sentido completo y original estaría circunscrita a los campos políticos, sociales, económicos y culturales de carácter profundo. No podríamos, entonces, considerar como tales a revoluciones científicas, tecnológicas o industriales; por el sencillo hecho de que, aunque representan grandes avances y mejoras, sus cimientos están en el pasado, en la acumulación y perfeccionamiento de lo previo. Una revolución, por ejemplo, en el área de la informática comprendería borrar casi todo de cuanto se conoce en ese aspecto y hasta refundar lo estructurado. Entonces, si la revolución se asume como un compromiso profundo y una apuesta, no es posible evadir la pregunta: ¿cuál es la medida correcta de entrega a la causa? Sin duda, esta interrogante es una de las que más reflexiones e intentos de respuestas ha generado en la especie humana. Cuestiones éticas, morales, legales y hasta emocionales se consideran al momento de contestar. Por supuesto, la pregunta es ambiciosa; mucho más si consideramos las consecuencias de nuestros actos y deseos. Si la concreción de anhelos personales y hasta familiares cuenta con una lógica medianamente mesurada y menos comprometedora; en el salto a lo público, a aquello que puede afectar y que se desea modificar en la sociedad y hasta en el planeta, el lente puede volverse más borroso y, sin duda, peligroso.

En los movimientos revolucionarios se puede advertir una anulación de la razón y de los límites, principalmente porque al ser la respuesta a una o varias injusticias, se desborda en potencia, fuego, sangre y atropello. La lógica no es tan simple, pues aunque la injusticia primera sea evidente y deba terminarse con ella, aun con sacrificios, los peligros que conlleva el huracán revolucionario pueden quitar cualquier clase de freno. Demostración histórica gratuita: una gran parte de las tiranías más largas y los frenesís sanguinarios más terribles, surgieron como revolución. En este punto donde la Revolución empieza a escribirse a sí misma con mayúscula, los principios se pierden, las ideas se tornan salvajes y los métodos se endurecen. Esa negación transformadora que pretendía terminar con un orden anterior se vuelve una verdad más dura y furiosa. Ya deberíamos haber aprendido que los dogmas no vienen solamente de los textos sagrados y altares.

La Revolución tiene que hacerse respetar y parir un nuevo mundo; si no puede convencer con sus resultados, siempre están el fusil o la guillotina. Además, como un movimiento establecido, la acción revolucionaria no conoce tampoco de límites temporales; su obra nunca está concluida y, por tanto, años y hasta décadas se pueden declarar necesarias.

Para Octavio Paz, uno de los problemas radicaba en que aunque la revolución es una hija de la crítica, termina matándola en cierto momento. Entonces aparecen los tildados de tibios, los traidores o los que supuestamente no están a la altura de la historia. Desfilan por patíbulos y llenan prisiones o campos de concentración. La víctima una vez más es el individuo, pues ante el partido o el movimiento, su propiedad, libertades, vida y otros derechos no cuentan; solo son un engranaje que puede perfectamente ser sacrificado. La recompensa no vendría ya en una vida posterior, sino en un periodo terrenal futuro. El nombre de la utopía ofrecida puede variar: el nuevo hombre, la justicia social, la igualdad, la liberación de los pueblos. Las reformas y procedimientos a pasos comunes no llenan el alma del revolucionario; casi necesita sangre para aceitar la maquinaria creadora de aquello que ha imaginado. El Sartre delirante que paradójicamente apostaba por el ateísmo se entregó a esta diosa del descontrol y lo dijo de manera clara: “La violencia revolucionaria es inmediatamente moral porque los trabajadores se convierten en sujetos de su historia”.

Característica extra del revolucionario es el romanticismo de enarbolar banderas o ser parte de algo, de quedar en la memoria y hasta de dividir la historia de la humanidad en un antes y un después. Aquí aparecen las figuras de los obreros movilizados comprometidos con sus armas y el saqueo, barbones guerrilleros llegando de Sierra Maestra, o Jemeres rojos que “liberan” un lejano país en el Asia.

Una de las más profundas críticas a las generaciones cercanas es su ausencia de carácter revolucionario, el carecer de esa epilepsia, esa inquietud por –al precio que sea-convertir el mundo en aquello que la arquitectura política ha imaginado. Como con otros tipos de fe, queda la posibilidad de que el abandono sea la mejor respuesta: en algunos casos es preferible tener miles de pasivos trabajando por sus sueños personales y tratando de mejorar lo que ya hay, que centenares de fanáticos entregados a sangrientas, largas y crueles construcciones de utopías desde los cimientos.

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