Opinión

Sartori y Los Especuladores

20 septiembre, 2017

GIovanni Sartori es considerado junto a Norberto Bobbio uno de los padres de la Ciencia Política Moderna, sus estudios sobre la democracia en combinación con sus postulados sobre la labor de los politólogo han dado forma al trabajo de los mismos en la actualidad.

Sin embargo, en estos tiempos inciertos, la politología ha caído en un estancamiento a nivel mundial al haber sido invadida por movimientos dogmáticos, telúricos e incluso los nuevos embates de grupos religiosos de toda índole. Contaminado a los científicos de la política, convirtiéndolos en simples vertedores de opiniones simplistas, reduciendo su labor a justificar los banales apetitos de grupos gregarios y chauvinistas.

La situación es tan absurda en muchos casos, que incluso en aulas de la Universidad Católica de Bolivia y la Universidad Mayor de San Andrés se habla de Sartori y Bobbio como simples especuladores, arguyendo que escribían sobre situaciones que desconocían basados en suposiciones forzadas que no responden al actuar societal.

Hace unos días recibí un comentario en el que se hizo referencia a que los politólogos, tomándome a mí por ejemplo, nos basamos en suposiciones distales de la realidad para elaborar nuestros trabajos. En un principio lo tomé como un comentario destinado a generar malestar en mi persona o buscar una respuesta desatinada de mi parte, en lugar de eso solo acallé la necesidad de dar una contra respuesta y seguí adelante.

Pero en los últimos días me mantuve pensando en ello, no por la intención del comentario en sí sino por una duda que surgió inevitablemente ¿en que se refugia la ciencia política? Los juristas tienen la doctrina en sus diferentes escuelas, los historiadores cuentan con los hechos para solventar sus estudios, los sociólogos tienen una relación estrecha con el positivismo e incluso los religiosos cuentan con su dogma para justificar sus actos.

Los politólogos nos encontramos en una suerte de orfandad en este sentido, desde que el gran secretario de Florencia, Nicolás Maquiavelo, estableció que el estudio de la política no está ligado a una ideología y mucho menos a la espiritualidad, sino a la realidad que está más allá de lo que los hombres profesan.

Por ello lo que nos interesa son las acciones de aquellos que detentan el poder político o de los que buscan acceder al mismo, para esto es necesario despojarse de toda carga filosófica o teológica, pues el actuar de la humanidad en la mayoría de los casos suele estar antepuesto a lo que sus postulados axiológicos pregonan.

Por lo tanto los politólogos no podemos justificar nuestras investigaciones en utopías mentales, el deber ser es apartado para dilucidar las verdaderas motivaciones de los actores políticos.

Para esta labor los hechos históricos son útiles pero a la vez insuficientes, pues al ser la humanidad un componente inestable e impredecible, no existe certeza de que los hechos puedan repetirse de la misma manera que en el pasado, las leyes por su lado no son un elemento suficiente ya que son coyunturales en su mayoría o suelen ser diseñadas doctrinalmente bien, pero imprácticas para los conglomerados sociales que se dirigen.

El positivismo impartido en la revolución behaviorista en la década de 1950 llegó como una solución para este problema, pero tristemente ha generado que los politólogos nos convirtamos en dependientes de las estadísticas, perdiendo la capacidad de elaborar teorías, que la esencia de la Ciencia Política.

La prospección es uno de los pilares de la Ciencia Política, pero para ello es necesario especular en muchos casos, no como un atajo en la búsqueda de dar conclusiones, sino como el reconocimiento de la duda, de lo impredecible del acontecer político debido a su componente volátil, la humanidad.

Resulta imposible dar una respuesta a la duda planteada anteriormente, ya que dar una implicaría encerrar a la Ciencia Política en una jaula, siendo que una de sus principales virtudes es y será la capacidad de pensar libremente, sin ataduras epistemológicas que nos obliguen a defender lo indefendible y tolerar lo intolerable.

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