Opinión

La insania en el poder

23 septiembre, 2017

En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, encontramos al mejor Maquiavelo. Las páginas que contiene dicho libro no responden al propósito de ganar privilegios, seducir a gobernantes para gozar también del poder, aunque fuera éste arbitrario. No hay un príncipe que deba ser instruido para ejercer su mando sin preocuparse por ninguna restricción. La obra en cuestión despierta nuestro afecto por el orden civilizado, las reglas republicanas, los principios que hicieron grande a Roma. Esto no significa que su provecho resulte innegable sólo para esa época; por lo contrario, la grandeza está en su trascendencia. Pienso, por ejemplo, en su reflexión sobre cómo, al crear leyes, es necesario presuponer que todos los hombres son malos. Se aconseja tomar precauciones, evitar un ambiente propicio para incurrir en abusos. Por supuesto, no aludo a cualquier persona; mi premisa pretende alertar en relación con los gobernantes. Cabe pensar, pues, que, sin excepción, éstos son falibes, malvados y aun propensos al más furioso enloquecimiento.

Sucede que la irracionalidad, en general, incluyendo sus dimensiones maléficas y perversas, no es una rareza cuando estudiamos distintos periodos. En efecto, desde Calígula hasta Kim Jong-un, hallamos cuantiosos especímenes que permiten la combinación de insania con mando político. Es indudable que no todos han alcanzado los niveles de Nerón o Juana la Loca; sin embargo, corresponde presumir la existencia del problema en algún grado entre quienes ansían tener cargos gubernamentales. En esta línea, el ejercicio de una magistratura se concibe como un hecho indispensable para notar su relevancia. Por consiguiente, nada más razonable que encontrar sujetos proclives al engreimiento y el desprecio por la mesura. Percibimos un distanciamiento de la realidad que, paulatinamente, se desvanece ante sus ojos. Estando en esta pervertida situación, lo único que nos pueden ofrecer son delirios, seguras consecuencias de una inescrupulosa búsqueda del poder.

Salvo excepciones, más aún en Latinoamérica, los gobernantes suelen servir como claros ejemplos del delirio de grandeza. Pueden haber prometido, con juramento de por medio, que respetarían los frenos colocados para evitar el absolutismo, limitando su poder, recortando competencias e inmunidades. No obstante, en algún momento, movidos por las lisonjas, o hasta sin mediar ninguna de éstas, se decantarán por creerse supremos. Tendrán entonces el convencimiento de que los demás son tan inferiores cuanto prescindibles. Sólo ellos, ya con el juicio maltrecho, alejados de la sensatez, se considerarán insustituibles. Lo peor es que, por oportunismo, estupidez o el motivo que fuera, habrá personas prestas a respaldarlos. Son los súbditos de un monarca que, sin importar sus absurdos, lo defenderán para no enfrentarse con la realidad, una penosa, signada por mediocridades del peor tipo.

Porque, en determinados casos, se vuelve posible hablar de un desquiciamiento mayoritario. Ya no es un grupo reducido el que se resiste a obrar con cordura. El escenario cambia a tal punto que lo excepcional consiste en usar la razón. Empero, aun cuando se constituyera en una minoría, su lucidez e inconformismo la impulsarán a no claudicar ante los que se rehúsan al disciplinamiento lógico, moral o jurídico. No asevero que sea una misión sencilla; cuando los disparates se han normalizado, contrarrestarlos parece irrealizable. Mas hay siempre la esperanza de retornar por las vías del raciocinio.

 

Enrique Fernández García es escritor, filósofo y abogado

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