Opinión

La calidad de vida y la estética pública

29 septiembre, 2017

Al lado de la grandiosidad del paisaje andino se halla la chatura de la obra humana: la majestuosa cordillera como telón de fondo y la basura plástica anunciando la proximidad de los asentamientos urbanos. Lo más grave reside en el hecho de que nadie es consciente de este reino de la fealdad: ni el movimiento sindical, ni los partidos políticos (y menos los izquierdistas), ni los intelectuales progresistas. Una labor importante de los medios de comunicación consistiría en llamar la atención acerca de la carencia de estética y ornato públicos en las ciudades y aldeas del país. Después de todo la vida es breve y no deberíamos dejarla transcurrir en un ambiente grosero, sórdido y deprimente. Embellecer el medio ambiente ─ por ejemplo el urbano es algo económicamente más barato que la construcción de grandes obras públicas y mucho más reconfortante… si uno ha preservado un mínimo de sensibilidad, cualidad muy escasa en todos los terrenos.

Consideraciones estéticas y preocupaciones éticas van a menudo juntas. Es imposible dedicarse a mejorar el mundo si uno no tiene respeto por la vida, el medio ambiente y el ornato público. En la época clásica el goce estético de la naturaleza presuponía la admiración de la armonía del cosmos y una vocación de servicio a la comunidad, y ahora exige un genuino cuidado de los ecosistemas. Los grandes usuarios y depredadores de nuestro medio ambiente ─ desde los muy exitosos empresarios de la madera hasta los humildes campesinos que expanden la frontera agraria  no practican una ética de este tipo ni se imaginan remotamente que esta última podría existir.

Antes era una blasfemia atribuir algo negativo al proletariado y a las clases trabajadoras. Hoy es un pecado mortal afirmar que los estratos con índices modestos de educación pueden ser responsables por un desarrollo lamentable en algunos terrenos de la vida social. Perviven así poderosos tabúes en la opinión pública boliviana y paradójicamente con más empeño en los estamentos universitario y académico. Lo grave de la constelación actual reside en lo siguiente. No sólo los sectores de actividades agrarias, sino casi todas las clases sociales se preocupan poco por la ética y la estética en sus dimensiones pública y privada. La colectividad premia el acomodo fácil y la integración al modo de vida prevaleciente, y rechaza al disidente, al que piensa y obra de modo autónomo, al que se desvía del grupo y al que exhibe espíritu crítico. En el campo de la estética pública está mal visto que alguien desapruebe el ruido de las calles, las alarmas desbocadas de los vehículos y la fealdad de los medios de transporte. El que censura los cables eléctricos y telefónicos por encima de las calles, el desportillado aspecto exterior de las construcciones y las aceras, el poco amor por el detalle y los acabados en cualquier trabajo, resulta un extraño, un extranjero, un desadaptado. Y esta es tanto la actitud de las clases dirigentes como también de los grupos medios y de los estratos bajos. Las élites plutocráticas actuales y los llamados gremiales e informales son por igual responsables por la declinación conjunta de la ética y la estética públicas.

Toda esta compleja temática no concitará la atención de los grupos dirigentes ni de los segmentos intelectuales de la nación. Durante siglos el pueblo vivió en medio de la fealdad y la suciedad de los asentamientos humanos, y esto no produjo hasta hoy un sentimiento masivo de repulsa y de necesidad de cambio. No creo que varíe mucho en las próximas generaciones. La falta de la estética pública tiene directamente que ver con una imitación apresurada de una modernidad de segunda clase, que la mayoría de los bolivianos la considera como la obtención exitosa de los más notables modelos del progreso universal y hasta como una adaptación transformadora de los mismos con rasgos originales. También los izquierdistas más recalcitrantes están impacientes por adquirir el último cachivache técnico que viene del odiado y envidiado Norte. Ante esta tecnofilia generalizada nada se puede hacer.

H. C. F. Mansilla es filósofo, escritor y cientista político

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