Opinión

Una cultura política reacia a la democracia y al Estado de Derecho

10 octubre, 2017

En varias oportunidades destacados dirigentes de los movimientos sociales declararon públicamente que no reconocerían la victoria electoral de un “candidato neoliberal”. Estos líderes de la izquierda apoyan los métodos democráticos sólo cuando les son de alguna utilidad, y los descartan sin más si las consecuencias prácticas del juego electoral les son adversas. Este comportamiento está basado en la idea, tan expandida en nuestra cultura política autoritaria, de que los dirigentes saben mejor que las bases lo que es bueno y malo para ellas, y que deben obligar a las masas a su propia verdad y felicidad. Como dijo Fernando Molina en tono irónico: “El pueblo puede equivocarse; la doctrina no”.

No sólo la práctica de elecciones libres, sino una adecuada educación ciudadana sigue siendo por ello indispensable. En 2005, Roberto Laserna se preguntaba si todos los actores políticos estarían dispuestos a aceptar las reglas del juego democrático y del Estado de Derecho. Es dudoso, según este autor, que el respeto a la voluntad ciudadana libremente expresada, las libertades individuales, la obligatoriedad de leyes y el respeto a la disidencia, sean valores compartidos por todos los sectores políticos. Como aseveró Jorge Lazarte por aquellos años, si hay que refundar el país, hay que comenzar por un “pacto de acatamiento”, pues lo primario es lo primero. ¿De qué sirven los pactos sociales, se pregunta Lazarte, si las leyes no se las obedece? El peligro es el despliegue de conflictos sin reglas compartidas, dentro de una especie de “dinámica tribal”, que puede llevar a la desintegración de la nación.

En su importante libro “Entre dos mundos” (basado en una amplia encuesta de opinión pública), Lazarte demostró que la tolerancia en cuanto normativa social, el cumplimiento de las leyes vigentes y el acatamiento de fallos judiciales (desfavorables a los propios intereses) tienen una apreciación muy baja por el grueso de la población, aunque ésta misma prefiera la democracia a toda otra forma de ordenamiento político y esté dispuesta a defenderla activamente. Pese a este hecho indudablemente positivo, el peso del autoritarismo en la Bolivia contemporánea sigue siendo apabullante.

Veamos otro ejemplo de esa carencia de hábitos democráticos. No se puede asegurar a nadie un determinado resultado electoral, como dijo Jorge Lazarte. Este sólo puede ser la consecuencia de la libre decisión de cada persona. Ningún partido político, ninguna agrupación ciudadana y ningún pueblo indígena -por más dilatado que crea ser en sentido demográfico- tiene asegurada una mayoría en ningún proceso electoral. No se puede constreñir a la población a que produzca en los comicios el resultado que los ideólogos de algún partido creen que es obligatorio e inevitable.

Para desilusionar necesariamente al lector hay que indicar que no existe ninguna estrategia garantizada para superar la tradición autoritaria. Una educación ciudadana sostenida da buenos frutos, pero a largo plazo. Pese al desprestigio del Parlamento y de los partidos políticos, no podemos renunciar a ellos como instancias indispensables de la democracia y del Estado de Derecho. Por otra parte, el Poder Legislativo del momento conforma -lamentablemente- una representación más o menos fidedigna de la sociedad boliviana, con sus pocas luces y sus muchas sombras. Con la Asamblea Constituyente resultó algo similar. Estos cuerpos colegiados no poseen un potencial intelectual concentrado (como por ejemplo la Academia de Ciencias), sino representan un espejo de toda la comunidad boliviana, donde prevalecen la cultura autoritaria y los intereses mezquinos. Pero aun así, en esas instituciones se empiezan a formar los líderes democráticos del futuro, aunque sea en una escala muy modesta. Pero, con un poco de optimismo, podemos pensar que la función positiva de los medios críticos de comunicación masiva, las iniciativas ciudadanas autónomas y la educación con buen nivel constituyen elementos promisorios para dar los primeros pasos hacia una democracia genuina, los más difíciles.

H. C. F. Mansilla es filósofo y  cientista político

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